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El arte como resurrección

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Todo cuanto existe, cuanto es, queda sujeto al implacable juego del movimiento, del dinamismo transformador, del cambio. Ser es, pues, pasar por estadios sucesivos en un proceso imparable de mutación. Porque, como dijo Heideger, "vamos siendo en la medida en que dejamos de ser", de manera que quedarse quieto, vivir ajeno al cambio y al devenir continuo, es estar muerto. Pan ta rei (todo fluye), era la expresión con la que los griegos anteriores a la Academia de Platón resumieron la esencia dinámica del ser que con enorme intuición supieron captar. Y esa falta de fijeza, ese ir siendo en perpetuo cambio, se convertirá en una sensación vertiginosa que produce espanto. A partir de ahí, en adelante, la obsesión del hombre girará sistemáticamente en la búsqueda desesperada de permanencia, de perpetuidad, de inmutabilidad. Es la búsqueda del Uno, del principio que es fuente y desembocadura de todo cuanto existe. Es la búsqueda de Dios.

Esa búsqueda no tardará en revelarse vana. Porque no puede encontrase en lo estático, en lo inmutable, la fuente de lo permanentemente sujeto al cambio y a la mutación.  Las religiones optaron, entonces, por construir un modelo ideal de unicidad impuesta que personificaron en un Ser supremo en el que todo cuanto existe cristaliza: "No más al espanto del cambio. No más al vertiginoso vacío de una realidad que va siendo a medida que deja de ser. No más al imparable proceso de transformación continua...". Desde esta idea de "divinidad" --que es puro hieratismo estático--, se trata de conjurar el miedo a la perpetua mutación del ser, encapsulándolo en una dimensión cósmica sin espacio y sin movimiento. Es el triunfo de la tiniebla sobre la luz. Es la hora de la muerte.

Pero el corazón del Hombre intuye --conoce, sabe-- que la esencia de lo real es bien distinta. Y que la permanencia, el estatismo, la inmutabilidad, no son hijos de la Vida ni de la Luz, porque son hijos de la muerte. Y el Hombre se rebela contra ese dios monstruoso que él mismo creó un día para conjurar sus miedos. Porque un día, pretendiendo rescatar a las cosas de la corruptibilidad del tiempo que las tritura con poder corrosivo y de acabamiento, sencillamente las negó desposeyéndolas del dinamismo transformador que las hace ser. Y es el propio Hombre quien se lanza a la tarea de reconstruir la realidad que yace petrificada, secuestrada en un vértice cósmico sin espacio y sin tiempo. Quiere redimir a las cosas de las garras de la muerte rescatándolas para la Vida. Por eso él mismo asume el papel divino de un Demiurgo, devolviendo a la realidad el movimiento y el dinamismo de la que fue privada en aras de la seguridad. Y nace, con ello, el afán re-creador del Hombre, que con sus propias manos quiere imprimir vida a lo muerto resucitándolo. El artista se alza sobre su propia pequeñez y quiere contribuir a la tarea creadora del Dios de la Vida --no del dios de la religión-- arrebatando al firmamento de lo bello sus mejores tesoros. Y se inmola al entregar su propio cuerpo y su propio espíritu en el milagro de la Resurrección de todo lo creado, porque estaba quieto y lo ha dinamizado; porque estaba muerto y lo ha devuelto a la Vida.

 

Nacho Sánchez Tapia

 

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