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Bitácora de Estambul

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 -  Estambul, 26 de marzo de 2009

He llegado hace una hora escasa a Estambul. Apenas me he acomodado en el hotel "Paradaise" --que de "paradise" no tiene más que el nombre, porque más básico no cabe--, y he salido a dar una vuelta por la peatonal Istiklal Caddeçi --algo así como la calle de Preciados de Madrid pero cuatro veces más larga-- hasta llegar a la plaza Taksim --que, continuando con los símiles, es el equivalente a la Puerta del Sol pero en cutre--. Mi hotel se encuentra en el mismo corazón de Beyöglu, la que llaman, impropiamente, "parte nueva" de Estambul, pues su fisionomía es plenamente decimonónica. Es de noche, llueve y hace frío. Siempre me ha parecido que llegar de noche a una ciudad que todavía no conoces te sitúa en franca desventaja frente a ella; la ciudad no te acoge, sino que, como a un extraño del que desconfía, te escruta, te vigila.

Llevo sentado un rato en uno de los cientos de cafés que hay en la Istiklal Kaddeçi, en un sillón junto a una mesa situada ante un enorme ventanal que se abre a la calle; magnífico observatorio en el que esconderse de la mirada intimidante de la ciudad para, cambiando las tornas, observarla sin ser visto por ella. En la calle, la humedad y el viento frío ponen una nota de inhospitalidad que me invita a pensar en recogerme a descansar en el hotel.

De camino hacia el hotel, desde una de las bocacalles de la Istiklal Caddeçi me llega la melodía de una bellísima tonada turca que tira de mí con su melancolía seductora. Dos músicos que deben mediar la treintena son quienes desgranan con un laúd y una guitarra las evocadoras notas llenas de tristeza. Aunque la letra me resulta indescifrable --cantan en turco-- la cadencia y el ritmo de la música, el timbre y la inflexión de sus voces delatan que cantan al amor, a la añoranza de un amor que no acaba de encontrarse, pero que el corazón conoce y busca sin descanso. Y pienso que la indigencia del corazón es lo que más iguales nos hace a todos los humanos. En ella es fácil reconocernos unos a otros, no importa qué lengua hablemos, qué tradición sea la nuestra o a qué raza pertenezcamos. Tomo asiento, pido una cerveza, y dejo que la música me penetre reblandeciendo el sentimiento... ¡Cuánto lo necesitaba!

La ciudad --le pido perdón por haberla juzgado tan precipitadamente-- ha captado mi queja y me regala esta cálida caricia de inmensa ternura. Intuyo que Estambul me tiene reservadas algunas sorpresas. Aquí me tiene: soy todo suyo.

 

Estambul, 26 de marzo de 2009

Hoy he amanecido tarde, a eso de las 11,15 am. Anoche no me sentía especialmente cansado, pero a juzgar por lo que he dormido debía de estar reventado.

Desayuno en un café próximo al hotel, es decir, al final de la Istiklal Caddeçi, pero en el extremo opuesto a la plaza de Taksim. Como el de anoche, tiene también un amplio ventanal que convierte a la Istiklal Caddeçi en un verdadero escaparate digno de ser observado. Llevo el portátil conmigo y me conecto al Hotmail. Aquí, a diferencia de lo que sucede en Madrid, el Ayuntamiento ofrece acceso gratuito a su red Wifi en toda la ciudad. Los ayuntamientos españoles debieran de tomar nota.

Termino mi desayuno y, a pocos pasos del café, me introduzco por los estrechos y empinadísimos callejones --en los que tan sólo se ven tiendas de electrónica y de instrumentos musicales-- de lo que es el barrio bohemio de Estambul, que ofrece una fisionomía completamente parisina. De hecho la tipología de tribu urbana que por aquí transita es de un aire inconfundiblemente "alternativo", con peinado rastafariano incluido en algún caso. En los escaparates de las tiendas puede verse una curiosa mezcla de instrumentos tradicionales turcos con guitarras eléctricas y baterías. La música es uno de los platos fuertes de Turquía. No en vano, la macedonia cultural que es Turquía ha encontrado en la música uno de los mejores cauces de manifestación y expresión, y resulta difícil, dada su diversísima procedencia, distinguir los diferentes "palos" musicales que componen el caleidoscopio musical turco. De entre todos ellos destaca el fasil, de origen probablemente kurdo, y en el que el violín, el kanem (especie de laúd), el tambur (o tambor), y el ut (muy parecido a la vihuela europea), son los protagonistas. De la tradición irania parecen proceder las distintas tipologías de flauta presentes en la música turca, con su inconfundible sonido grave y aterciopelado. El fasil tiene un sonido rabiosamente étnico que transporta a la imaginación y a los sentidos a la Anatolia profunda. Esta música suena al paisaje ocre y a la luz ambarina de la capadocia.

A través de estas calles de la bohemia estambulí bajo, desde la Istiklal Caddeçi, hasta el barrio de Karaköy, que, en las estribaciones del Cuerno de Oro --estuario del Bósforo que se adentra en la ribera europea de la ciudad--, es la falda y confín de este promontorio que es Beyöglu... Pero son ya muchos nombres, como para empezar a perderse entre ellos. Quizás es el momento de describir básicamente la composición topográfica de Estambul.

Estambul no es una, sino varias ciudades. En primer término, la ciudad está partida en dos mitades por el estrecho del Bósforo, que separa Europa de Asia. Así, pues, Estambul tiene dos primeras mitades: una en Europa y la otra en Asia. La mitad asiática corresponde a lo que era la antigua Calcedonia. La mitad europea es la que en otros tiempos se llamó Constantinopla o Bizancio.

En este pequeño mapa, la margen a la izquierda del estrecho del Bósforo corresponde a la parte europea de Estambul, mientras que la margen derecha es la parte asiática. Esta es la primera partición básica de Estambul en dos mitades... "Asia, a un lado; al otro, Europa...".

 

Pero, a su vez, la margen europea de la ciudad se divide en otras nuevas dos mitades por un estuario del Bósforo que atraviesa la corteza de su costa hasta bien adentro. Esta ensenada es conocida como El Cuerno de Oro. Dicen las crónicas que cuando los otomanos, allá por el año 1453, --procedentes del extremo oriental del Imperio Bizantino-- entraron en la ciudad de Constantinopla después de haberla sometido a un crudísimo asedio durante 54 días, los habitantes de la ciudad ya habían arrojado a las aguas del estuario ingentes cantidades de oro y joyas, evitando que pasaran a engrosar las riquezas de sus invasores. De ahí --se cuenta-- procede el fastuoso nombre de Cuerno de Oro con que es conocido este estuario que divide la margen europea de Estambul en dos mitades. Y estas dos mitades son Beyöglu (la margen norte), y Sultanhammet (la margen sur). Ambas márgenes --que configuran dos colinas sobre las que la ciudad se levanta desde las costas del Cuerno de Oro-- están unidas actualmente por tres puentes, de los cuales el más popular y utilizado es el Puente Gálata.

Cuando llego a Karaköi después de haber bajado desde la cima de Beyöglu, me encuentro con el Puente Gálata, que, cruzando sobre el "Cuerno de Oro", me conduce hacia la parte más antigua de la ciudad: Sultanhammet, en la margen sur. Es en ésta parte vieja de la ciudad donde se encuentran los grandes tesoros de Estambul: la Mezquita del Sultán Hammet (también conocida como Mezquita Azul, por el color de los azulejos que revisten sus cúpulas y bóvedas), la basílica cristiana de Santa Sofía, el palacio Topkapí, el Gran Bazar... El puente Gálata puede cruzarse a pié o tomando en la parada de karaköy el tranvía que transcurre sobre su superficie.

Lo primero que me encuentro al llegar a Sultanhammet, al otro lado del puente, es el barrio de Eminönü, que recibe el nombre del principal puerto de la ciudad, del que parten y al que arriban barcos procedentes de todos los puntos cardinales. También del puerto de Eminönü parten varias líneas regulares de transboradores que funcionan como verdaderos autobuses acuáticos que llevan y traen a los estambulíes de la parte asiática a la europea y viceversa. Mucha gente vive y trabaja en dos continentes diferentes, y tienen que tomar a diario los transbordadores.

Adentrándome en la ciudad desde el puerto de Eminönü, llego a  la que llaman Mezquita Antigua. Me descalzo para entrar en ella; es el mismo gesto de respeto reverencial de Moisés ante la hierofanía imponente de la zarza que ardía sin consumirse, según cuenta el Libro del Éxodo: "Dedescálzate, Moisés; porque el suelo que pisas es suelo sagrado". Con este gesto de descalzarme caigo en la cuenta de que todas las religiones monoteístas llamadas "del Libro" proceden de un mismo y único tronco; es decir, que, en origen al menos, su Dios es el mismo: Yahveh, Alláh, Elohim... y, sin embargo --qué curioso--, llevan siglos practicando la más feroz intolerancia entre ellas. En las tres grandes religiones, sus respectivas mitologías cosmogónicas cuentan que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza... ¿No será, por cierto, que han sido ellas las que han "fabricado", cada una, un dios --su dios--, a imagen y semejanza de la necedad del hombre?

Dentro de la mezquita algunos hombres rezan siguiendo escrupulosamente el agotador ritual de postrarse y erguirse repetidas veces. Pienso --mientras los observo-- si el cumplimiento y observancia rigurosa de este ritual de oración repetido cinco veces al día, durante los 365 días de cada año, contribuye en algo a transformar el corazón de los hombres que lo practican. La misma pregunta me he hecho cientos de veces cuando veo en Madrid, cada domingo, gentes saliendo de una iglesia después de haber cumplido con el precepto de santificar la fiesta dominical. Y me asalta un pensamiento culpabilizador: ¿quién soy yo para juzgar el valor redentor que para cada cuál pueda tener o no la observancia de rituales o preceptos religiosos? Me exculpo respondiendo que en mi caso --único del que tengo cabal conocimiento-- no supusieron cambio alguno en mi forma de ser ni de vivir; aquietaba, eso sí, mi maltrecha conciencia --¡son muchos siglos de trabajarnos las conciencias!--, pero nada más.

Junto a la Mezquita Nueva, el bullicio callejero comienza en un enorme mercado de especias. El mercado es una enorme construcción cubierta, con planta en forma de "L". Cientos de puestos ofrecen especias de distintos y exóticos colores, dispuestas en pequeños montículos que forman una inacabable hilera de crestas multicolores. Los vendedores me atosigan con afán de venderme su mercadería. Simplemente les devuelvo su ofrecimiento con una sonrisa y un tajante "No, many thanks". Los pueblos mediterráneos siguen siendo todos netamente fenicios.

Dejando el mercado de las especias, prosigo mi paseo por la ciudad vieja a través de interminables mercadillos en los que pueden verse cachivaches de todo tipo, pero, en muchos casos, de utilidad completamente desconocida para mí. Un vendedor de un puesto de zapatos "de marca" me ofrece un par de zapatos de reluciente charol negro: --Genuine leather --me dice--, try them... --¿Genuine leather? --le contesto preguntando; y cuando ve mi gesto de acercar la llama del mechero a la "genuine leather" para comprobarlo, sale el arcángel Gabriel que lleva dentro, y, como si hubiera visto en mí la mano del mismísimo Abraham empuñando el cuchillo para clavarlo en el inocente corazón de su hijo Isaac, me detiene haciendo sapavientos: --¡No plastic! ¡Genuine leather! --insiste--... Nos miramos y los dos reímos.

Continúo mi camino subiendo por calles en pendiente hasta el parque Sultanhammet, que separa la Mezquita del Sultán Hammet --o Mezquita Azul-- de la basílica de Santa Sofía. Empieza a lloviznar y hace frío. Las imponentes cúpulas de estas dos maravillas --que rivalizan retándose mutuamente, la una enfrente de la otra-- me hacen reconocer el perfil inconfundible que ya conocía de Estambul antes de estar aquí. Entro al interior de Santa Sofía. Todo cuanto pueda decir de lo sobrecogedor de sus dimensiones es poco. Reconozco los enormes medallones circulares --se llaman "tondos"-- en las pechinas de la cúpula central y que, con descomunales caracteres arábigos dorados sobre un fondo negro, transcriben los distintos nombres de Alláh. En la galería superior, que recorre todo el perímetro de la basílica, hay unos extraordinarios mosaicos bizantinos que representan a Cristo como juez en el Juicio Final, y, a ambos lados de él, la Virgen María y el apóstol san Juan, el discípulo predilecto. Me viene, de nuevo, a la cabeza, lo que antes dije acerca de que es el hombre quien ha creado un dios a imagen y semejanza de su estupidez, y no Dios quien creó al hombre a su imagen y semejanza: Constantino, el emperador del sacro Imperio Romano de Oriente, cuya capital fue Bizancio (hoy Estambul), cayó en la cuenta de la enorme influencia que la creciente secta de los cristianos tenía dentro de la sociedad. Constantino, decidido a sacar buen provecho de ello, decidió, entonces, en lugar de suprimirla y perseguirla, concederle los más altos honores y dignidades del Imperio. Nombró a los "epískopos" --obispos de la Iglesia cristiana-- jueces del Imperio, atribuyéndoles la potestad de administrar la justicia civil del Imperio, y pasando a convertir las basílicas cristianas en sedes en las que se administraba justicia. Como signo visible de este nuevo poder imperial con el que habían sido investidos, les impuso la mitra --símbolo de poder imperial-- que aún hoy, todavía, se utiliza. En fin... de aquellos lodos estos barros, que dice el refrán.

Después de mi largo paseo, tomo el tranvía en la parada de Sultanhammet que, después de bordear todo el barrio viejo hasta llegar al puerto de Eminönü, cruza de regreso el Puente Gálata hasta Karaköy, en Beyöglu. Dejo el tranvía y subo caminando por las empinadas cuestas por las que esta mañana bajé. Ahora --será por el sobreesfuerzo de la subida-- me parecen menos atractivas estas calles. Llego a la Istiklal Caddeçi, punto del que partí esta mañana.

 

Estambul, 27 de marzo de 2009

Hoy amaneció --¡por fin!-- con un sol que intenta abrirse paso entre las nubes. La ciudad cobra otro color y otra vida. Dedico la mañana a pasear por el Kapalï Çarsi (el Gran Bazar), cruzando por el Puente Gálata hasta Sultanhammet. El Gran Bazar es un descomunal conjunto, todo el techado, de galerías abovedadas con más de 30.000 pequeñas tiendas en las que se venden las cosas más insospechadas. Está distribuido por zonas, cada una de ellas especializada en artículos de un determinado género: una zona está dedicada a los artículos de marroquinería, otra a los de artesanía, otra a las joyas y bisutería, otra a las alfombras... Es fácil caer como hipnotizado por la mezcla de colores y olores que hay dentro del bazar. Miles de personas deambulan por las galerías en todas direcciones. Una verdadera borrachera de estímulos y de sensaciones que terminan por aturdirte los sentidos.

Los vendedores te asaltan a lo largo de todo el recorrido intentando venderte sus mercaderías. perfumes, sombreros, cinturones, lámparas, narguiles, zapatos, artesanía, instrumentos musicales... El secreto para sobrevivir dentro de esta jungla de cachivaches es caminar con paso firme y seguro, la vista la frente, y no mirar a ningún vendedor directamente a los ojos... Si tu mirada se cruza, siquiera por un segundo, con la de alguno de ellos... ¡no hay quien te ampare!... El vendedor te seguirá y te perseguirá hasta la exasperación... hasta que uno de los dos desfallezca: o él o tú.... y puedo asegurar que tienen una resistencia al desaliento digna de encomio.

Busco cobijo en uno de tantos cafés que hay dentro del bazar. Mientras me tomo un café uno de los camareros --un muchacho de unos 25 años-- me mira y sonríe. Se acerca hasta mí y me dice en un perfecto español de Salamanca: --¿Eres español, verdad?. --Tú también, por lo que veo ¾le contesto--. --No, soy de Estambul. Por la perfección de su acento creo que me está tomando el pelo. Desde luego su aspecto no es español en absoluto, sino más bien delata que es un genuino producto turco.... --¿Y cómo es que hablas el español tan perfectamente? --no me resisto a preguntarle¾. ¾Lo estudié en el colegio --responde ante mi asombro--. --Sí --continúa--, jamás he salido de Turquía.
Increíble, sencillamente increíble que alguien pueda hablar tan perfectamente el español con acento de Salamanca sin haber pisado jamás España. Me cuenta que estudia algo así como Ciencias Empresariales, pero en la Universidad a distancia --aquí, por lo que se ve, también tienen UNED--, y que cuando termine este curso, en mayo, tendrá que hacer el servicio militar, que aquí en Turquía todavía es obligatorio. Le explico que en España también lo era hasta hace no muchos años, y me dice que espera que en Turquía también deje de serlo en breve, aunque --se lamenta-- a él ya no le toque la suerte de librarse del alistamiento.

Continúo mi camino por entre las tortuosas galerías del bazar que, a estas alturas, ya me parecen todas iguales. No tengo ya ni la más remota idea de en qué punto exacto me encuentro dentro de este laberinto y me dejo llevar por el mapa de mi guía de El País con una fe ciega. No me ha fallado, porque en unos minutos consigo, por fin, salir de esta locura de ruidos, voces, colores. Decido regresar caminando, cruzando el puente Gálata, hasta Beyöglu, el barrio en el que me hospedo, al otro lado del Cuerno de Oro. Una vez en karaköi subo por las empinadas calles que me conducen hasta la Istiklal Caddeçi. Busco el cobijo del   café Gloria Jeans, cuyos amplios ventanales y sus cómodos sillones me sirven, como de costumbre, de observatorio privilegiado desde el que contemplar el paso de la vida, como si de un escaparate se tratara.
Son las 7 menos cuarto de la tarde. Espero la lamada de Kurtis y Duc, unos norteamericanos, médicos de profesión, a los que conocí anoche tomando unas cervezas en un bar de copas del centro. Kurtis es de origen japonés, pero de cuarta generación nacida ya en los Estados Unidos, por lo que no sabe hablar japonés. Duc, de origen vietnamita; su abuelo, el general Nguyen, fue uno de los más celebres generales del ejército de Vietnam del Sur durante la guerra civil. Tenemos pensado ir a cenar algo cerca de la Istiklal Caddeçi. Entrando por una de sus bocacalles --la Balik Passari-- nos adentramos en el mercado del pescado, en el que, además de puestos de venta de pescado fresco recién subido de los puertos de Eminünü y Karaköy, hay innumerables restaurantes especializados en prepararlo, y a muy buen precio. Las mesas están dispuestas en terrazas a ambos lados de la calle. Decidimos sentarnos en una de ellas. Un camarero perfectamente vestido de chaqueta y corbata --elegancia fuera de lugar--, y con una ceremoniosidad digna de mejor causa, nos ofrece la carta. Nos sorprenden los precios, por baratos. Pedimos unos entrantes a base de mariscos, y un plato principal cada uno. Yo me decido por un pez espada que está francamente delicioso. Terminada la cena, nuestros vecinos de la mesa de al lado nos ofrecen a beber un licor completamente transparente típico de Turquía: el raki. Soy el primero en probarlo y siento cierta quemazón en el gaznate. También lo prueban Kurtis y Duc, que, más acostumbrados que yo a este tipo de bebidas, no lo encuentran tan fuerte.

Después de dejar el restaurante decidimos ir a tomar una copa al TekYion, local de moda que, aunque abierto a todo tipo de público, goza de especial aceptación en el ambiente gay. El local está abarrotado de gente a esta hora --son las 12,30 am--. Después de tomar un par de cervezas, Kurtis y yo decidimos retirarnos a dormir, mientras Duc, más animado que nosotros, prefiere continuar la fiesta.

 

Estambul, 29 de marzo de 2009

Llama la atención cómo en Turquía, siendo un país de mayoría notoriamente musulmana, el domingo ofrece el mismo aire de día festivo que en en el resto de las ciudades europeas. Para el Islam es el viernes el día sagrado, y, en principio, el domingo debiera ser un día corriente, un día "entre semana". Pero aquí no es así. Paseando por la Istiklal Caddeçi pueden verse todos los bancos y las oficinas de la Administración Pública cerrados. Los comercios, eso sí, están todos abiertos. El domingo, por tanto, también es aquí el día "eje" que marca el final de una semana y el comienzo de otra. Esto es, sin duda, una de las reminiscencias del proceso de desislamización --secularización-- que emprendió Mustafá Kemal Ataturk allá por la década de los 20 del pasado siglo. Este señor --al que el pueblo turco sin discusión rinde permanente tributo, y cuya foto puede verse por todas partes (no sólo en edificios públicos, sino, también, en los comercios, en los restaurantes, cafés y bares)-- es venerado en Turquía hasta la exageración. Contaré algo acerca de quién fue este señor.

A terminar la Iª Guerra Mundial, Turquía quedó fragmentada en varios territorios, sometido cada uno de ellos bajo el dominio de alguna de las naciones vencedoras (Francia e Inglaterra, principalmente). La Gran Guerra supuso, por tanto, el desmembramiento definitivo del antiguo imperio otomano, del cual Turquía había sido el centro y eje principal. De esta manera, en medio de una Turquía hecha pedazos y bajo el dominio de potencias extranjeras, un general del ejército turco --Mustafá Kemal-- aparece como la figura que encarnará el espíritu del renacimiento del espíritu nacional turco. Mustafá Kemal encabezará un movimiento de independencia, pero desde un nacionalismo de nuevo cuño, es decir, con la clara visión de recuperar el concepto y la idea de "nación turca", pero desprovisto por completo de los viejos elementos islamizantes del ya desaparecido imperio otomano. La importancia indiscutida de su liderazgo hizo que los turcos lo apodaran "Ataturk", que en turco significa "padre de los turcos". El nuevo sentimiento nacional que renace con Ataturk tratará de reconstruir la vieja nación turca, pero, a la misma vez, convirtiéndola en una nación moderna, al estilo de los viejos países de Europa, de los que Ataturk importará, incluso forzadamente, usos y costumbres que harán cambiar radicalmente la fisionomía del país. Como ejemplo baste señalar que bajo el mandato de Ataturk se prohibió el uso del fez y del velo característicos de los países islámicos; asimismo, desaparecieron de la vida pública todos los signos visibles que pudieran identificar a Turquía como un país islámico, y estableció la radical separación del estado de la religión islámica. De esta manera, Turquía pasó a convertirse en una nación de apariencia europea, pero en la que los perfiles de las ciudades todavía conservaban la típica estampa característica de los países musulmanes, con sus prominentes minaretes. De ahí parte, precisamente, esa cierta ambigüedad continental que siempre ha gravitado sobre Turquía: geográficamente está enclavada en el paso entre Europa y Asia, pero su vocación, al menos durante el último siglo, ha sido netamente europea, hasta el punto de que hace algunos años pidió el ingreso en la Unión Europea. Sin embargo, la corriente panislamista que, insuflada desde Arabia Saudita y los Emiratos, trata de crear un espacio político común de naciones islámicas --del que el Irán de los ayatolá y el Afganistán de los talibanes no son más que los más notorios y agresivos exponentes--, también ha hecho su mella en este país, Turquía, de pasado islámico. Así, han aparecido en los últimos años grupos políticos de cierta radicalidad que intentan llevar a Turquía hacia una deriva islámica, y convertirla en una nación al estilo del Irán de Jomeini. Sin embargo, todavía, afortunadamente, no pasan de ser minoritarios estos grupos pro islámicos, pues la inmensa mayoría de la población no quiere renunciar a que Turquía se integre dentro de la esfera de los países europeos.

Bueno; y termino un poco apresuradamente esta pequeña lección de Historia porque en 10 minutos comienza  el "Semah" --el rito de la danza de los derviches giróvagos-- en un templo sufí que está a 5 minutos del café en el que estoy. Ya os contaré la experiencia de estos danzantes sagrados que con sus giros interminables entran en un estado de trance en el que el yo se disuelve buscando su fusión con el Absoluto. Prometo contároslo.

...

Como antes os avanzaba, estuve esta tarde en el ritual sufí del Semáh: el baile sagrado de los derviches que danzan dando vueltas y vueltas sin fin sobre su propio eje en un baile frenético en el que buscan la unión con la divinidad. Detrás de toda esta historia de la danza derviche hay una profunda sabiduría que cuenta con siglos de historia. Veamos un poco de ello.

Los sufíes son una rama minoritaria dentro del Islam, del que representan su vertiente mística o más espiritual. Surgió en el siglo XII de toda una tradición de creyentes que buscaban la comprensión de lo divino más allá de los estrictos moldes que marcaban los dogmas de la teología musulmana más ortodoxa. En la tradición cristiana también surgieron a lo largo de su historia corrientes espiritualistas que trataron de rescatar a Dios del secuestro al que el encorsetamiento de las teologías oficiales lo habían sometido. En este sentido, Ibn El Rumí --al que se considera en cierto modo el iniciador del sufismo-- invitó a los creyentes a emprender la búsqueda de un camino personal, libre y antidogmático de encuentro con Dios; y este fue el espíritu que hizo nacer la corriente sufí dentro del Islam. Por cierto; que Ibn El Rumí, aunque vivió casi la totalidad de su vida en Persia, era turco de nacimiento.

Pues bien; dentro del sufismo, y como un fenómeno muy local, en Turquía surgió en el siglo XV la corriente espiritual de los danzantes divinos: los derviches. Estos monjes musulmanes buscan a través de la danza ese camino personal de unión con Dios del que hablaba Ibn El Rumí. La espiritualidad de la danza derviche parte del principio de que todo el Universo fue creado por Dios a través del movimiento, de manera que el movimiento posee un carácter generador y creador: el movimiento significa "vida". Todo cuanto existe evoluciona en un proceso de continuo cambio, como si de una danza sagrada se tratara. Los derviches parten de este principio sagrado del movimiento, y tratan de convertirse ellos mismos, a través de la danza, en verdaderos canales humanos por los que pueda discurrir el dinamismo creador y regenerador de Dios, y así hacerlo llegar a los demás hombres.

El ritual del Semáh --que así se denomina este ritual de la danza derviche-- comienza con un recitativo de suras coránicas que hablan de la grandiosidad del amor de Dios --de Alláh--, y de todo cuanto por Él fue creado. La recitación de las suras coránicas es cantada, con el acompañamiento de una música de lenta cadencia y ritmo. Al terminar la recitación de las suras aparecen los danzantes, caminando en fila de a 1 y cubiertos con unas capas negras sobre las que sobresalen sus cabezas tocadas con unos llamativos gorros con forma de tronco cónico alargado. Tras realizar algunos signos reverenciales, comienza la danza sagrada. Los danzantes se desproveen del cobijo de sus capas --que representan la falsa envoltura de apariencias detrás de la que todo ser humano se esconde-- dejando al descubierto una curiosa vestimenta, toda ella de un blanco inmaculado, y que se compone de una chaquetilla ceñida al talle y una larga falda rematada en su borde inferior con un doblez que la hace más pesada en esta parte. Al ritmo de una música monótona, constante, pertinaz, penetrante, comienzan a girar sobre su propio eje, apoyando la gravidez de sus cuerpos sobre la planta de uno de sus pies, mientra que con el otro lo impulsan en un ritmo creciente y enfebrecido de giros sin fin. El cuerpo, erguido pero con la cabeza ligeramente ladeada, busca ser el pararrayos catalizador de la fuerza y energía divinas. Los brazos, en aspa inclinada, recogen en la palma de su mano derecha extendida hacia el cielo, la fuerza poderosa del Universo, de Dios, para volcarla sobre la Tierra con la palma de la mano izquierda extendida hacia el suelo. En los giros la amplia falda se despliega en todo su vuelo, y el danzante, convertido ya todo él en movimiento y embriagado por la inercia de los giros, pierde la noción del espacio y del tiempo --únicos alimentos del ego-- por lo que el ego acaba por disolverse, haciendo entrar al derviche en una nueva dimensión cósmica, universal, sagrada, desde la que se produce la unión, la armonía, la comunión del hombre con todo lo creado. El danzante está ya entregado por entero a la sagrada misión de fundir lo mundano y lo sagrado, religándolo al Dios creador de quien todo procede.

Es emocionante ser testigo de este rito sagrado en el que uno llega a sentir ser parte de algo más grande que él mismo. Es el sentimiento y la experiencia de lo trascendente en medio de un mundo que vive ahogado, anegado por lo material e intrascendente. Y confieso que mientras contemplaba la danza sagrada de estos mensajeros de Dios, mi corazón se conmovió y lloré.

Pues eso; que había prometido contaros la experiencia de la danza derviche que he podido ver esta tarde, y aquí os dejo esta pequeña crónica.
A esta hora de la noche --son ya las 9:00 pm-- ha empezado a hacer frío. Permanecer en las calles sin estar suficientemente abrigado resulta incómodo. En cuanto termine estas líneas iré a comer algo en uno de los cientos de sitios que hay en la Istiklal Caddeçi... Después tomaré un café sentado junto al ventanal de uno de tantos cafés que hay por aquí, y luego, supongo, me recogeré en el hotel para descansar y preparar el recorrido que haré mañana. En principio tengo pensado volver al Gran Bazar, que siempre es una aventura... O, quizás, decida ir hacia el Puente del Bósforo, de 1 Km de largo, y que une Europa con Asia... Veremos a ver. Ya os contaré

 

 

Estambul, 30 de marzo de 2009

Esta mañana ha amanecido nublado pero con muy buena temperatura. El desayuno habitual en la cafetería de todos los días, cercana al hotel... el consabido brownie con chocolate fundido... el café americano en mug alto... lo habitual. A eso de las 9:00 am me he puesto en marcha y he cogido un funicular. Voy a explicaros...

Recordemos que Estambul está dividida, básicamente, en dos partes por el estrecho del Bósforo: la parte asiática y la parte europea. Y recordemos, también, que la parte europea está divida, a su vez, en otras dos partes:

  • 1. Sulthanhammet (que es donde están Santa Sofía, la Mezquita Azul, el palacio de Topkapí, el Gran Bazar, y todo el Estambul histórico y más turístico).
  • 2. Beyôglü (que es, por así decirlo, la parte "nueva"... aunque de nueva no tiene nada, ya que esta parte de la ciudad empezó a ccrearse por el siglo XVI cuando se asentaron los primeros representantes diplomáticos de otros países en la Turquía del Imperio Otomano. Beyôglü ¾al igual que Sultanhammet¾ se asienta sobre una especie de colina, en cuya cima está la famosa Istiklal Cadeççi (que ya os conté que es como la calle Preciados de Madrid, pero multiplicada por cuatro) que termina en una extensa plaza que se llama Taksim (que también os dije que era como la Puerta del Sol de Madrid, pero en cochambroso).

Y yo estoy hospedado, según os contaba en crónicas anteriores, en un hotel ¾por centrarnos en algún concepto¾ en la zona de Beyôglü; concretamente está en la Istiklal Cadeççi; es decir, que estoy en la parte más alta de Beyôglü.

Además, recordad que según os contaba, Beyôglü y Sulthanhammet están separadas por esa especie de ría que llaman "El Cuerno de Oro", y que va a dar al estrecho del Bósforo. De manera que para pasar de Beyôglu a Sulthanhammet hay que cruzar el Cuerno de Oro. Y para hacerlo hay 3 puentes que lo cruzan, pero sin duda el más utilizado es el que llaman Puente Gálata. Para llegar al Puente Gálata desde la Istiklal Caddeçi tengo que bajar toda la colina que es esta zona de Beyôglü... y hay dos maneras de hacerlo: a/ a pie (lo que te hace así como gracia las 2 ó 3 primeras veces...), o, b/ tomando un funicular subterráneo que hay al final de la Istiklal Cadeççi y que desciende hasta karaköy. Yo últimamente es lo que vengo haciendo.

La historia de este funicular subterráneo es curiosa. Es, después del metro de Londres, el primer transporte subterráneo que se construyó en todo el mundo. Su construcción data de 1867, y lo construyó un ingeniero francés que tenía, al parecer, intereses económicos en Beyôglü, y convenció al entonces sultán de Estambul --el sultan Abdul Aziz, uno de los últimos sultanes, que gobernó entre 1862 y 1876, o apor ahí...-- para que le diera las perricas que necesitaba para construirlo. El sultán se las dio, y así lo hizo. La estación del funicular en Istikllal Cadeççi se llama "Tünel", cosa obvia por otra parte... ya que el funicular se mete dentro de una boca ancha excavada en la tierra, y desciende por una pendiente que lo lleva hasta Karaköi, que es el barrio portuario que hay en la falda de la colina,  en el borde ya del Cuerno de Oro. Por tanto, desde aquí, para pasar a Sulthanhammet, no hay más remedio que cruzar el Cuerno de Oro por el puente de Gálata. Tengo que decir que el transporte público en Estambul funciona bien, y además es muy barato: el funicular cuesta 90 Cts de Lira (unos 40 Cts de euro), y el tranvía cuesta 1.4 Lr (unos 70 Cts. de euro).... en fin, tirado...

El tranvía, una vez que ha cruzado el puente Gálata empieza a subir remontando toda la ladera que es la colina de Sulthanhammet, pasando por delante de los jardines de Gülhane (donde está el palacio de Topkapí, que fue residencia de los sultanes hasta que desapareció el sultanato y Ataturk fundó la República de Turquía), de la Basílica de Santa Sofía y de la Mezquita Azul (que son los dos edificios más importantes de Estambul, y están situados uno enfrente del otro, con una plaza por medio), de los Bazares... y llega hasta la parte más alta del casco urbano, donde está la Universidad.

En cuanto a la Universidad... os voy a contar... Porque anduve dando una vuelta y cotilleando un poco dentro de los edificios de las facultades --entré en las de Derecho y Medicina-- cómo es el aire de los estudiantes universitarios por aquí... Los edificios, por fuera... vaya, no están mal; pero por dentro... ¡ay, amigo, por dentro! ... qué cochambre más cochambrosa... Las aulas son unos cuartines enanos, infectos, en los que un trozo de pared pintada de negro hace las veces de pizarra... ¡Y los pupitres...! ¡ay los pupitres! ...vamos, que es mejor traerse una sillica de esas de tijera de casa... Lo que es el ambiente estudiantil, es como el de cualquier facultad española o europea... la misma manera de vestir... las mismas tribus completamente identificables (progres, pijos, pasotas, alternativos...). Las paredes están todas repletas de los típicos carteles fijados con grapas a las paredes, que lo mismo te anuncian una fiesta de fin de curso, que una conferencia sobre Karl Marx, con el careto del barbas serigrafiado tipo Ché Guevara y todo... como se hacía en la época de la protesta progre en los 70/80,s en España. De repente caigo en la cuenta de que no se ven chicas con el rostro cubierto por el velo en la Universidad; tocadas con la típica pañoleta a lo Doña Rogelia, eso sí, pero no con el rostro cubierto por el velo. Y es que el actual presidente de Turquía --Erdogan--, abolió una antigua Ley que venía de los tiempos de Ataturk y que prohibía el uso de signos religiosos visibles en las prendas de vestir, entre ellos el velo. Pero la oposición de izquierdas presentó un recurso de inconstitucionalidad contra esta medida del Gobierno Erdogán, y después de una polémica con amplia repercusión en los medios de comunicación, finalmente el tribunal Constitucional admitió el recurso fallando a favor de la oposición, es decir, aboliendo, por inconstitucional, la derogación de la antigua ley que prohibía usar el velo islámico en instituciones públicas. Todo ello ha dado lugar a un --hasta cierto punto-- acalorado debate en la sociedad turca. Por un lado, el partido de Erdogan --el AKP, que actualmente es el que gobierna--, aunque es un partido de derecha moderada y pro-europeo, ofrece, sin embargo, el contrapunto de que al mismo tiempo defiende una cierta "islamización" de la sociedad turca. Puede decirse que, aunque laico, es un partido pro-islámico, aunque no islamista. En el otro lado, la oposición de izquierdas defiende la desislamización radical al estilo de Ataturk. Y, en medio de todo ello, el Tribunal Constitucional --que está compuesto, en su mayoría, por magistrados radicalmente pro-europeístas-- es partidario de una total y absoluta independencia entre el Estado y el Islam, por lo que consideran contrario a la constitución derogar las viejas leyes des-islamizantes de los tiempos de Ataturk.... En fin, un cisco... Por cierto, que ayer hubo elecciones municipales en toda Turquía, y el partido del gobierno --el AKP de Erdogan-- obtuvo una amplia mayoría frente a la coalición de izquierdas. En cualquier caso, la derecha y la izquierda aquí en Turquía son de tendencia muy moderada. Y da la casualidad de  que precisamente el partido de la derecha --el AKP de Erdogan-- aunque es pro-islámico moderado, está sin embargo mucho más a favor de la integración de Turquía en la UE que el partido de la izquierda, que defiende, por el contrario, un modelo de estado turco de cuño netamente nacionalista, y no quieren ni oír hablar de Europa...  Sí, es verdad; esto es un poco lío... ya lo sé... pero resulta curioso y por eso os lo cuento.
Bueno... ya no sé ni por donde iba... ahh, sí, la Universidad... Pues eso.. pelín cochambrosa... tipo España de los 70/80,s....

Yo, que como os contaba tomé el tranvía en karakoi para cruzar el Puente Gálata, me bajé en la parada que hay junto a la vieja estación de ferrocarril de Gülhane, muy próxima al palacio de Topkapí. A esta estación de ferrocarril, que hace años que ya no funciona como tal, llegaba el famoso Oriente Express procedente de Europa. Viendo la estación por dentro, uno puede imaginarse a la perfección a las aristocráticas damas inglesas de la época victoriana descender del tren que las había traído hasta Estambul acompañadas por sus damas de compañía. Después de pasar unos pocos días en la ciudad, tomaban el transbordador en el puerto de Eminönü que las conducía hasta el de Kadikoi --ya en Asia--, donde tomaban nuevamente un tren que las adentraba por el continente asiático.

Muy próxima a la estación de ferrocarril de Sirkeçi esta la escuela de artesanos que ocupa un edificio que en otros tiempos fue una "medressa", o escuela coránica... un seminario de imanes, vamos... El edificio se distribuye en torno a un patio rectangular al que van a dar las pequeñas estancias que recorren las galerías de los dos pisos que tiene el edificio, y que fueron en su día las celdas de los seminaristas aprendices de Jomeini. Merece la pena ver cómo trabajan estos artesanos... La mayoría trabaja el cuero, haciendo trabajos de guarnicionería y marroquinería. Hablando con uno de ellos, como se ha percatado de que llevo conmigo una pequeña mochila de cuero me ha preguntado en dónde la había comprado. Al responderle que en Marrakech, se ha llevado las manos a la cabeza con un gesto de desesperación, pues, según me cuenta, les tienen fritos los marroquíes... ya que --según me ha dicho-- trabajan el cuero mucho mejor que los turcos, y venden mucho más barato... --"Ruina de Turquía, Marruecos..." --repetía este chico...--. --"Ruina de Turquía... Marruecos...", --insistía--. Me ha felicitado por "tener mochila tan buena y barata no turca..". Nos hemos reído un rato y me ha invitado a un té mientras me contaba cómo cose él los bolsos que tenía expuestos, muy bonitos y muy bien elaborados, por cierto.

Después de la visita a esta escuela de artesanos he subido a pie por una pequeña cuesta que conduce al jardín de Gülhane, que está rodeando el Palacio de Topkapí. Y he entrado a visitar el palacio... Tal y como me temía... It doesn't worth at all!!! Vamos, que si algún día venís a Estambul os lo podéis ahorrar y dedicar el tiempo a algo más provechoso.. Ya me olía a mí mal, porque lo que todos los turistas se mueren por visitar aquí, y de lo que hablan todo el tiempo, es del palacio de Topkapí... Y cuando en una ciudad que no conoces ves un ejambre de turistas alrededor de algo... no pierdas el tiempo y toma el camino opuesto.. porque lo más seguro es que lo que allí hay sea algo de cuya visita puede prescindirse por completo... Y así ha sido. Pero finalmente me he decidido a entrar. Os lo cuento.

Se trata de un conjunto de edificios... nada de particular, por otra parte... y que configuran lo que fue la residencia de los Sultanes de la vieja Constantinopla tras la invasión de los otomanos. En uno de los edificios están lo que fueron las estancias del sultán... sala del trono... nada de particular... una exposición con los kaftans de los sulltanes --especie de batas de lujo que usaban estos señores--... nada interesante... y, después, pasas a un edificio que está dedicado por entero al Profeta Muhammad (en español, Mahoma) --a quien Alláh guarde --, catequesis de Islam incluida. Bueno; y ya después del edificio de las reliquias del profeta, se pasa a otro edificio que dicen era el serrallo, donde vivían las concubinas del Sultán... Y... hombre... no está mal la casa y eso... pero vamos.. que me parece a mí un poco hortera eso del lujo asiático... así como pretencioso y pelín de mal gusto, ¿no?... como decorar una pared con espejos ahumados... un poco en ese plan es lo del lujo asiático... en fin, muy cateto...

Saliendo del Palacio de Topkapí --los jardines que lo rodean son, al menos para mí, lo único que merece algo la pena, y tampoco es como para echar cohetes--, llegas a la Plaza de Sulthanhammet, que es la placita ajardinada que os decía separa la basílica de Santa Sofía de la Mezquita Azul. Son éstas, también os dije, las dos construcciones más importantes de todo Estambul. De Santa Sofía... en fin, ¿qué deciros...?  ¡¡una verdadera pasada!!!  Las dimensiones son más brutales de cuanto pueda decirse... y sobrecoge la espaciosidad de todo el conjunto... la luz umbría que cubre todo en su interior... y los famosos medallones negros, de forma circular, y que, sobre las pechinas de la cúpula central, contienen escritos en dorado con grafía árabe varios de los múltiples nombres de Alláh.... sencillamente majestuoso...!!!  Santa Sofía se construyó allá por la mitad del siglo V, por lo que tiene más de 1.500 años de antigüedad. Emociona pensarlo cuando estás allí adentro.

Justo enfrente de Santa Sofía --por medio la placita ajardinada de Sultanhammet-- está la Mezquita Azul. Su arquitectura exterior es muy similar, en cuanto a la forma, a la de santa Sofía... pero nada que ver!!! De hecho, esta mezquita es muy, pero que muy posterior... Fue construida por orden del Sultán Hammet I en el año 1.600 y pico... ó 1.700... Y aunque intenta rivalizar con Santa Sofía --de hecho hay una cierta disputa acerca de cuál de estos dos edificios es el emblema arquitectónico de Estambul--, es, con mucho, muy inferior en todos los sentido. Esto no quiere decir que no sea una construcción importante y digna de ser visitada; en absoluto. De hecho, es visita necesaria. Impresiona la alfombra que recubre la totalidad de la superficie de la mezquita... y el hecho de entrar y descalzarse, como ya conté en otro sitio, tiene su punto trascendente si estás atento a su significado más profundo...

Después de ver la mezquita Azul, he ido caminando hasta la zona de la Universidad, para llegar después hasta un pequeño bazar de libros, exclusivamente de libros y grabados. Merece verdaderamente la pena ver algunos de los grabados que se ofrecen a la venta. Entre todos ellos hay mucha tralla, pero pueden todavía encontrarse verdaderas joyas de miniaturas policromadas con textos de Corán y auténticamente antiguos. Me he puesto a hablar con uno de estos vendedores de grabados --su nombre, el de este señor, es Humut-- y me ha hecho pasar al interior de su tienda... ¡¡Bueno!!... Había verdaderas maravillas. Tenía toda una colección de grabados miniados del siglo XVIII con suras del Corán... una pasada... una verdadera pasada... Y nos hemos puesto a charlar un buen rato. Me ha invitado a sentarme, y a un té turco --delicioso--. Me contaba que él pertenece a la corriente espiritual del Islam, al Sufismo... Y hemos hablado de lo divino y de lo humano... Pero más de lo divino... porque este hombre --no había más que verle cómo se movía, con qué armonía... y cómo hablaba, con qué mansedumbre-- era, desde luego, un buscador de Dios... Hemos hablando, entre otras cosas, de la tradición poética sufí, de la que conocía de memoria no pocos versos, algunos de los cuales incluso me ha recitado con veneración y profundo sentimiento. Ha sido emocionante poder compartir un rato de quietud con este hombre bueno.
Dejando el bazar de los libros, he llegado hasta el museo de Caligrafía otomana, pero lamentablemente estaba cerrado por obras. Tenía ganas de ver algunos de los tesoros del arte de la escritura otomana que se guardan en este pequeño museo. Para todas las "religiones del Libro" --Judaísmoo, Cristinaismo e Islam-- la palabra no es "flatus vocis".. como decía San Anselmo de Canterbury.... sino que, muy al contrario, posee un valor total, sagrado, divino... "Al principio era el verbo --la Palabra--", comienza el libro del Génesis con el que se abre la Torá hebrea, que es el Pentateuco de la Biblia de los Cristianos... Porque por medio de la Palabra todo fue creado. Y la Palabra no era otra cosa --según la tradición veterotestamentaria-- que el mismo espíritu de Dios en toda su dimensión creadora... El "ruahj" o aliento de Dios... Pero, en fin.. no ha sido posible en esta ocasión poder contemplar la belleza de algunas de las maravillas caligráficas que se conservan en este museo... Quizás para otra ocasión.

Volviendo sobre mis pasos, he ido a dar a un pequeño mercado en el que se vende calzado. Todo un descubrimiento. Aquí pueden encontrarse zapatos de buenísima calidad y factura, y a un precio inmejorable. De verdad que merece la pena visitarlo, y es difícil resistirse a comprar un par de pares de zapatos. Ofrecen todos los modelos habidos y por haber de todas --absolutamente todas, y sin faltar ninguna-- las marcas de los modistos más famosos. En una de las tiendas en las que anduve curioseando, el vendedor, un chico de unos 38 años más o menos, se ha acercado hasta mí y me ha dado toda clase de explicaciones acerca de la mercancía que vende... y en un casi perfecto inglés. --Le llamará la atención, señor, lo baratos que son estos zapatos, ¿verdad?, siendo de piel. --Porque, en efecto, todos los zapatos estaban confeccionados con buenas pieles, y con una manufactura estupenda--. --Lo primero de todo, señor ¾ha continuado explicándome--, debo decirle que aunque vea que todos los zapatos son de marcas conocidas, no son auténticos; son falsificaciones. Están todos ellos fabricados en Turquía, pero a diferencia de los auténticos no pagamos los royalties de la marca, con lo que podemos venderlos más baratos. De hecho, los fabricantes originales, algunos de ellos, han venido a visitar las fábricas de calzado que hay en Turquía para interesarse de cuál es el procedimiento de confección que aquí se emplea, pues la calidad en muchos casos es muy superior a la de los modelos originales. De verdad que me ha sorprendido la enorme franqueza con la que desde el primer momento este comerciante me ha dado toda clase de explicaciones. Y, de verdad, si queréis comprobar lo que digo acerca de la calidad de estos zapatos, venid a Estambul y vedlo por vosotros mismos.

Saliendo del mercado del calzado he ido a dar, finalmente, al Capali Çarsi --el Gran Bazar--, que, con su sobreabundancia de estímulos para os sentidos, es visita obligada cada vez que se pasa a Sultanhammet, y nunca defrauda. Vueltas y más revueltas por sus interminables galerías... un descanso en uno de los múltiples cafés que hay en su interior... y emprendo el camino de regreso cogiendo el tranvía en Çemberlitas que me lleva, bajando por la pendiente de Sultanhammet, y cruzando el Puente Gálata, hasta Karakoi, para después coger el funicular subterráneo que, subiendo por las entrañas de la colina de Beyôglü, me lleva hasta la Istiklal Cadeççi, donde ahora me encuentro, con una cerveza, ante el teclado escribiendo esta crónica de hoy que espero no os haya aburrido mucho.
Mañana, más.

 

Estambul, 30 de marzo de 2009

Hola, mis lectores del Istanbul Chronnicle...

Esta mañana lucía un sol radiante, con una temperatura magnífica. Fui a desayunar a otra de las tantas cafeterías que hay en la Istiklal Cadeççi. Hoy ha sido, además del consabido american coffee, un trozo de tarta de manzana que temblaba el misterio... ¡para morirse, lo rica que estaba!

Al terminar de desayunar --serían los 9:15 am-- no sabía muy bien a qué dedicar hoy el día, de manera que me puse a caminar Istiklal Cadeççi arriba hasta llegar a la plaza de Taksim. Como no tenía claro qué rumbo seguir, he echado a andar por la Tarlabasi Cadeççi --a estas alturas ya habréis deducido que "cadeççi" significa calle, en turco... ¡pero qué listos sois...!!--, que es una calle muy ancha y en cuesta que baja desde la plaza de Taksim hasta Karaköi, es decir, hasta el borde mismo del Cuerno de Oro, justo donde comienza el Puente Gálata. La calle Tarlabasi es una cochambrez pero de las gordas... ¡qué cutrerío!!  es... ¿cómo decirlo?... como la calle Embajadores por la parta de abajo... o como una de las calles anchas del L'Hospitalet. En fin, una cutrez tremenda; fea es poco.

Una vez en karaköi me he acercado hasta el puerto, del que continuamente salen barcos y transbordadores hacia distintos destinos. Y mientras tomaba un cafecito sentado en una terraza me he decidido a coger un barco con rumbo a Kadiköi, que es una puerto importante de Estambul, cruzando el Bósforo, es decir, ya en la parte asiática. De manera que... dicho y hecho: ¡¡¡he tomado el barco rumbo a Asia!!!

El precio del barco... ¡¡¡de risa!!!... ¡¡¡70 cts de euro!!! ...¡¡¡palabra de honor!!!, y hace un recorrido largo... pero largo, hasta llegar a tomar por c..

Según se alejaba el barquito del puerto de Karaköi, podía distinguirse perfectamente el perfil tan característico de Estambul que en siglos pasados dejaran plasmados los grabadistas europeos que por estas tierras viajaban en aquellos tiempos... Los perfiles de Santa Sofía, la Mezquita Azul, el Palacio de Topkapí..., en fin... una pasada...

Además, a medida que el barco iba alejándose del Cuerno de Oro para adentrarse en el estrecho del Bósforo, lo hacía bordeando la costa de Estambul en su vertiente de Beyôglü, y era espectacular ver las construcciones palaciegas de los siglos XVII, XVIII y XIX que recorren toda esa costa.

Al llegar a la parte asiática, concretamente al puerto de Kadiköi, el barco atraca en un muelle que hay justo al lado de una estación de ferrocarril que se llama Haydarpassa, y que es una maravilla arquitectónica. En esta estación antiguamente hacían transbordo los viajeros del famoso tren "Orient Exprés" que, procedente de Europa, llegaba a Estambul, pero en el lado de Sulthanhammet, concretamente a la estación de ferrocarril de Cirkeçi --que tb es una pasada--, y una vez allí cogían el barquito hasta esta estación de Haydarpassa, en Kadiköi, donde tomaban otro tren que les adentraba en el continente asiático atravesando irán, Iraq, Afganistán, Paquistán, India... etc...  De hecho hoy en día de esta estación de Haydarpassa parten trenes para todas las partes de Asia... Impresiona ver anunciadas las salidas de trenes con destino a... Nueva Delhi.... o Kabul....

Una vez fuera de la estación de ferrocarril, he echado a andar siguiendo las indicaciones que el mapa me daba para llegar hasta una mezquita del siglo XV... Bueno!!!  La mezquita en cuestión... no merece ni un comentario. Además era la hora del rezo y el imán estaba exhortando a los fieles a no sé qué, pero no debía de ser nada apetecible aquello a lo que les exhortaba a juzgar por las caras que ponían...

Continuando por esa misma carretera de la mezquita ¾caminando¾ he pasado por delante de la Universidad de Esmirna, que es como una sucursal de la Universidad de Estambul, pero en la parte asiática. La verdad es que el campus ofrecía un aspecto fenomenal... Me recordaba un poco al de la Universidad de Comillas (esa Universidad fantasma, que construyeron los jesuitas en Comillas --Cantabria--, pero que nunca llegó a funcionar) en cuanto a su arquitectura y estilo de edificaciones. Francamente bonita. Por lo que he podido ver, allí tienen facultades de Medicina y Ciencias. Estaba, como es lógico, lleno de chicas y chicos jóvenes con sus carpetas corriendo hacia las paradas de autobuses.
Más allá de la Universidad he pasado por delante de la Academia de Sanidad del Ejército turco... Una risa... porque había unas m

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Comentarios Bitácora de Estambul

ME GUSTA REALMENTE LA FORMA EN LA QUE NARRAS, LOGRAS TRASPORTARME, SALUDOS DESDE MEXICO.
laly77 laly 05/04/2009 a las 12:51
grasias   por   todo  muy    bueno
elmundoquevivir elmundoquevivir 02/06/2010 a las 18:38

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