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Bitácora de marruecos

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Bitácora de marruecos

BITÁCORA DE MARRUECOS

Fez Al-Bali. Lunes, 2 de agosto de 2010
Hemos aterrizado en el aeropuerto de Fez, procedentes de Madrid, a las 18:30 horas, aproximadamente. En la interminable cola ante los mostradores de control de pasaportes mantuvimos conversación con una chica de Valencia que ha venido a Fez a encontrarse con su novio, un marroquí al que conoció a través de una común amiga de ambos que estuvo viviendo en Valencia durante los 6 años en que cursó la carrera de Medicina. Nuestra amiga valenciana también es médica. Su novio, marroquí, deduzco debe de ser bastante celoso, a juzgar por el mal disimulado empeño que Clara —que así se llama nuestra amiga— ha puesto en separarse de nosotros nada más pasar el control de pasaportes, desde donde se accede directamente al hall del aeropuerto en el que esperan los amigos, familiares y allegados de los viajeros. Sin más, se ha despedido apresuradamente de nosotros y, sin apenas mirarnos, ha salido disparada cuando ha visto a su novio entre la gente que aguardaba a los pasajeros recién llegados. Al salir de la terminal un azote de fuego nos ha sacudido en la cara. Un termómetro marca 43 grados de temperatura. Los taxistas, a la caza del pasajero, nos ofrecen llevarnos a la Medina por 250 dirhams, y en vez de tomar un taxi hemos optado por coger el autobús que lleva a la Ville Nuouvelle de Fez. Más exactamente, el autobús nos ha dejado junto a la estación de autobuses, desde donde —tras el inevitable regateo— hemos tomado un petit-taxi que por 10 Dh nos ha llevado hasta la Bab Boujloud, puerta con tres arcos de herradura que es la entrada principal a la Medina de Fez (Bab, en árabe, significa “puerta”). Con nosotros ha compartido el taxi un chico madrileño muy de estética alternativa y peinado rastafariano cuyo destino final es Chef Chaouen, la meca de los europeos que buscan consumir hachís de calidad a buen precio. Una vez entramos en la Medina atravesando la Bab Boujloud, bajamos por la Tala A’kbira —una de las dos calles principales que atraviesan la medina de norte a sur—, y llegamos al derb Bensalem, en el que se encuentra la pensión Dar Bounnania en la que tenemos previsto alojarnos durante nuestra estancia en Fez. Ni José ni yo nos hemos hospedado antes en esta pensión en ninguna de las ocasiones en que cada uno de nosotros estuvo antes por aquí. Apenas hemos entrado, he notado de inmediato que a José no le ha convencido demasiado el lugar. A mí, por el contrario, me ha parecido un buen sitio, cómodo, agradable y con una razonable relación calidad-precio. Se trata de una casa tipo riad, es decir, una casa tradicional marroquí construida en torno a un patio central desde el que se accede a cada una de las amplias habitaciones que se distribuyen a lo largo de tres plantas. Desde la tercera planta, continuando la escalera, se accede hasta una magnífica azotea con varias mesas en las que suele servirse el desayuno por las mañanas, y desde la que puede verse una magnífica vista de la Medina que ofrece su perfil contorneado por los incontables tejados de las casas desiguales en altura. Las torres minaretes de las mezquitas señalan con su presencia enhiesta la demarcación aproximada de los distintos barrios de la Medina. En cada barrio suele haber una mezquita, de cuya importancia habla la mayor o menor complejidad arquitectónica y riqueza ornamental de su minarete. A la vista del magnífico escenario que puede verse desde la azotea, y pensando, sin duda, en las magníficas vistas que desde ella podrá pintar, José se ha mostrado algo más conforme.
Nada más dejar nuestras mochilas en la habitación, hemos salido a dar una vuelta por la medina, y en un derb próximo hemos logrado dar con la pensión Kawtar, en la que José había estado alojado cuando hace dos años vino aquí por primera vez; el recepcionista, un chico joven —Omar es su nombre— nos ha dicho que aún le quedaba una habitación con 2 camas todavía disponible, de modo que hemos quedado en trasladarnos allí desde nuestra pensión mañana por la mañana. La casa es bastante más básica y menos agradable que Dar Bounannia, lo que también tiene su reflejo en un precio mucho más módico: 90 Dh por noche, desayuno incluido [algo menos de 9 euros].
La Medina, como siempre, está rebosante de vida. El inconfundible bullicio de sus calles y derbs nos confirman que estamos, una vez más, en Fez, donde el tiempo parece haberse detenido hace siglos. Cuando uno atraviesa la Bab Boujloud para adentrarse en la Medina, tiene la sensación de haberse introducido por alguna fisura del tiempo hasta épocas remotas en las que, sin embvargo, Fez ya era exactamente igual a como hoy la conocemos. Los inconfundibles olores, permanentemente cambiantes en cuestión de pocos metros, despiertan de inmediato el recuerdo reciente de mis últimas estancias en Fez. De todos los sentidos, acaso sea el olfato el más evocador de todos ellos, como si las pituitarias fueran el lugar en que residen las emociones más vivas. La trayectoria de la memoria olfativa no va desde el recuerdo a la percepción, sino desde la percepción recuerdo.
Atravesando la galería cubierta del mercado en un tramo de la Tala A’kbira, reconozco el inolvidable hedor que desprenden los cadáveres de animales de las carnicerías, y el fuerte olor agrio a verduras y fruta en putrefacción que acelera el fuerte calor en esta época del año. José me hace pensar con una de sus observaciones: “Aquí, desde que nacen, aprenden a familiarizarse con el olor de la muerte, y lo incorporan a la vida diaria de tal manera que acaban por no percibirlo”. Apenas unos metros más allá huele profusamente a corral y a pienso, y el enloquecido cacareo de las gallinas, que enjauladas se ofrecen vivas a la venta, nos transporta a un mundo ya inexistente en nuestras ciudades europeas. A escasos pasos,  un puesto en el que se vende agua de rosas embotellada perfuma súbitamente el ambiente con un intenso aroma. Más adelante continúan algunos puestos de artesanía típica marroquí en los que se venden azulejos [al zellij] esculpidos a mano, kaftanes, yalabbas y galabiyyas, pipas para fumar hachís de incontables formas y tamaños, tambores, panderos y otros instrumentos tradicionales, objetos de bisutería bereber, vasijas de barro y vidrio, gorros morunos, pañuelos y pasminas, objetos y adornos de plata, babuchas y sandalias de múltiples diseños…
El incesante fluir bullicioso de gentes que suben y bajan por la Tala A’kbira y los incontables estímulos que reclaman la atención de todos los sentidos empiezan a aturdir. Este desenfrenado flujo de vida que, como una riada, recorre la calle, nos recuerda que todavía es posible la espontaneidad del ritmo natural de la vida aun entre edificios. Contrasta este espectáculo de vitalidad y ritmo con la fea inercia acelerada de nuestras ciudades del mundo desarrollado, más confortable, sin duda, pero también más muerto.
Cenamos en una de la muchas terrazas un cous-cous con verduras y carne de cordero por un módico precio, y después vamos a tomar un café al Café-Clock, lugar de reunión de viajeros de aire alternativo; aquí se reúnen, también, jóvenes marroquíes que buscan una vía de contacto con lo europeo. Este café se encuentra en pleno corazón de la medina, debe su nombre al reloj de agua que se halla sobre la cornisa del primer piso de la fachada que da a la calle. El ingenio consiste en un sistema de canalización de agua sobre el que doce pequeñas ventanas con puertas de madera tallada señalan las horas del día o de la noche; el exacto recorrido del agua por los conductos invisibles desde el exterior, hacen que con absoluta precisión a cada hora se abra una de las puertas de las doce ventanas. Sencillamente genial. Al edificio del Café-Clock se accede por un estrecho pasadizo a cuyo fondo se encuentra la puerta de acceso al viejo caserón, tipo riad, de 3 plantas más la azotea, graciosamente decorado en una curiosa mezcla de estilos que yo llamaría “casual-arabic”. Subimos hasta la amplísima azotea y nos sentamos junto a un grupo de jóvenes marroquíes que con un par de guitarras y un tambor alternan clásicos de Cat Stevens, U2 o John Denver con canciones de ritmo tribal arábigo. Nos sumamos al canto cuando la letra nos es conocida, y cuando no, simplemente acompasamos la música con la improvisada percusión de nuestras manos sobre el tablero de la mesa baja de té junto a la que estamos sentados, o sobre las tablas del propio banco que  nos sirve de asiento. La música y el ritmo —lenguaje universal más allá de las palabras— producen la magia de la comunicación plena a pesar de la recíproca ignorancia de nuestros respectivos idiomas. En medio de esta noche estrellada, y al ritmo de la música, desde esta mágica terraza del Café-Clock la medina de Fez ‘El-Jedid se nos ofrece perfilada por los fantásticos contornos que dibujan las luces ambarinas que se proyectan sobre las fachadas de algunos edificios, mientras la ciudad empieza a recogerse para descansar. Justo enfrente de nosotros, como un fanal iluminado, se yergue, fantasmagórico y contundente, el minarete de la mezquita madraza [escuela coránica] de Bounnania recubierto con azulejos “verde Fez”.

Fez Al-Bali. Martes, 3 de agosto de 2010
A las 09:00 horas salimos de la pensión para desayunar algo en la Medina; lo hacemos a la usanza marroquí: en uno de tantos puestos compramos un par de tortas bereberes y dos “cuernos de gacela” —dulce muy parecido al mazapán y con forma de media luna—, y nos sentamos en la terraza de uno de los cafés situados junto a la Bab Boujloud, en el que pedimos unos cafés con leche. Desde este observatorio de privilegio a pie de calle vemos el despertar perezoso de la Medina. Los mercaderes del zoco abren sus pequeños tenderetes y comercios. Algunos empujan un carro de mano cargado con las mercaderías. Pasa por delante de nosotros el repartidor del butano llevando las bombonas cargadas en un embaste de yerro a lomos de una mula. Poco a poco se van levantando las persianas metálicas de los puestos y la vida empieza, lentamente, a recobrar su ritmo diario.  Sentados en la terraza del café contemplamos —sin prisa, sin tiempo— el pulso todavía lento, pero cadencioso, de la Medina que despierta de nuevo. Pienso que este ritmo —que desesperaría a cualquier ejecutivo condenado a triturar sus horas sin sentido sentado en la oficina de cualquiera de las ciudades del mundo rico— es más a la medida del hombre y de sus ritmos vitales; el tiempo ofrece aquí una nueva dimensión de profundidad. En nuestras ciudades el tiempo —kronos— discurre lineal, vertiginoso y sin matices, como un vector trazado tan sólo en las dos dimensiones de un plano. Aquí, por el contrario, el decurso del acontecer es una orgía de infinitos matices llenos de viveza que son un permanente estímulo para ejercitar la atención, haciendo de lo más insignificante y cotidiano, un verdadero acto meditativo. Nada se espera; simplemente se observa, se contempla, desde la profundidad tridimensional en la que cada cosa tiene su momento oportuno, su kairós.
Una mujer vestida todavía en camisón y completamente despeinada tiende la colada en una terraza que es, al mismo tiempo, el voladizo que da sombra al café que hay  justo enfrente de nosotros. Debajo de ella, a pie de calle, otra mujer cubierta con un hiyab friega, después de haberlo barrido, el zaguán de una pequeña tienda que, revestida con los símbolos y brillantes colores corporativos de una compañía de telefonía móvil, desentona por completo con la monocorde cromaticidad ocre omnipresente en todos los edificios y que constituye la vestimenta uniforme de la Medina; la irrupción de los colores vivos característicos de los usos y modos comerciales de occidente resulta grosero y de mal gusto en este lugar.
Después del desayuno nos ponemos en marcha hacia la pensión Kawtar en la que ayer tarde apalabramos una habitación doble por el módico precio de 120 dh. Ayer nos dijeron que hoy dispondrían de una habitación libre, pero no es así, e insisten en que volvamos mañana pues, nos aseguran, podremos ocuparla; el “vuelva usted mañana” que con tanto acierto describió Mariano José de Larra como uno de los vicios netamente españoles, descubrimos que, como tantas otras cosas en nuestro país, encuentra su raíz en estas latitudes.
Caminamos por la Medina. Toda ella es un inmenso zoco en la que todo se vende y todo se compra. Una legión de jóvenes desocupados y ociosos de entre 15 y 20 años invade la calle a la caza y asalto del turista. Estos muchachos sin oficio abordan sin desmayo al extranjero repitiendo un invariable rosario de frases que recitan como una letanía monótona en el idioma del país del que suponen procede la presa.
—Hola amigo. Bienvenido. ¿Qué necesitas, amigo? ¿Qué buscas, amigo? ¿Restaurante? ¿De dónde eres amigo? ¿De España? ¿De Barcelona o de Madrid? ¿De Madrid? Vaya, vaya, aquí no hay playa…
Una y otra vez, a cada paso, la misma retahíla con las mismas frases. Nos detenemos en algunos de los comercios en los que encontramos mercaderías de lo más variado y objetos curiosos. En todos ellos nos ofrecen entrar en el consabido juego del regateo: —“precio democrático” —suelen decir esperando que contraofertemos al exorbitante precio que nos piden de salida—.  El regateo tiene su pequeña ciencia. La clave no está —contrariamente a lo que se piensa— en cuánto nos vamos a ahorrar con respecto a lo que pagaríamos por el mismo producto en Madrid, sino que el principio y fundamento para obtener un buen precio está en saber de antemano cuánto estamos dispuestos a pagar como precio máximo por algo; una vez tenemos esto claro, el espacio que hay entre el precio inicial que nos piden y lo que estamos dispuestos a pagar, es el margen que tenemos para jugar al regateo. Orientativamente sí diré que cuando nos piden un precio de salida, muy seguramente están dispuestos a aceptar por la mercancía una tercera parte de ese precio. En todo caso, es preciso saber que, de uno u otro modo, un marroquí podrá adquirir los mismos productos siempre a un precio inferior al más barato que podría llegar a obtener un extranjero; esto es una máxima de ineludible cumplimiento, de manera que conviene no perder de vista que en ningún caso, y por muy barato que pueda arecernos el precio final obtenido, venderán a un extranjero al mismo precio que venderían a un marroquí.
Entramos en una tienda en la que se venden las tradicionales vestimentas marroqíes, como yalabbas, galabiyas, kaftanes y foulards. Pongo mi atención en una yalabba de un buen paño de color pardo; es una buena prenda de abrigo para el invierno madrileño si uno es capaz de armarse de valor y trascender a las miradas de curiosidad y extrañeza que con seguridad esta prenda de abrigo reclamará en Madrid. El moro me pide 900 dírhams (dh.) como precio de salida. Le contraoferto 200 dh; hace todo tipo de aspavientos mientras me dice que con esos precios se va a arruinar; me encojo de hombros y hago ademán decidido de irme de la tienda; —“espera, amigo” —me dice reteniéndome mientras me agarra por el brazo— “800 dh”; —“no, no, no… “— le digo tajante, zafándome de él y dirigiéndome a la calle; —“¿cuánto, amigo?” —insiste—; —“300 dh mi último precio” —le respondo—; “no puedo aceptar ese precio, amigo” —me dice mientras dobla la prenda para dejarla donde estaba—; salgo a la calle y apenas he avanzado unos metros me grita: “ven, amigo, ven… Vale, 300 dh”. Es un buen precio, aunque un marroquí siempre adquiriría esta misma prenda a un precio algo más bajo, entre 240 y 260 dh.
El sol se cierne inmisericorde sobre nuestras cabezas y buscamos cobijo a la sombra de una de tantas terrazas que ofrecen menús al más puro estilo marroquí por apenas 40 dh (algo menos de 4 euros). El insoportable calor de las primeras horas de la tarde nos lleva de regreso a la pensión; ¿qué otra cosa, sino sestear, puede hacerse con una penitencia de 43°C a la sombra?
La vida transcurre lenta, despaciosa, entre los muros de la Medina de Fez. El simple “estar” resulta aquí un buen lenitivo contra la prisa y la velocidad mental que traemos incorporada desde nuestras grandes ciudades de Europa.

Fez El-Bali. Jueves, 5 de agosto de 2010
Escribo esta crónica ante una taza de buen café en el Café-Clock; esta es una de las servidumbres de ser adicto a la cafeína; uno es ya adicto a tantas cosas…
Esta noche hemos dormido en la pensión Kawtar, a la que nos mudamos ayer a primera hora de la tarde. Dejamos la pensión Dar Bounannia, más confortable y mejor acomodada pero, también, algo más cara. El motivo principal del cambio no ha sido, sin embargo, el precio —apenas alcanza a 5 euros lo que nos ahorramos al día —, sino, más bien, el hecho de buscar un lugar con algo más de la magia y el encanto de los lugares de parada y fonda de mochileros. En estos sitios resulta más fácil —casi inevitable, diría— conocer gente interesante de procedencias y experiencias muy diversas. Ayer, por ejemplo, al llegar por la noche a la pensión Kawtar subimos a la azotea a contemplar el magnífico cielo estrellado de Fez y disfrutar del ligero alivio de la noche. Allí trabamos conversación con una joven suiza de 24 años —Suzzane es su nombre— que ha venido a Marruecos con su novio, al que no llegamos a conocer ya que duerme en su habitación mientras conversamos con ella. Suzanne es psicóloga, y nos confesaba que una vez ha terminado sus estudios en la universidad de Ginebra se ha dado cuenta de que la Psicología no le interesa lo más mínimo, y ahora está pensando en cursar un postgrado en Comunicación. Coincidíamos en considerar el fracaso de los sistemas educativos tal y como están enfocados; se enseñan y transmiten teorías, conocimientos librescos que pocas veces guardan relación alguna con la experiencia práctica que la vida ofrece. Comentaba ella algo que también yo he pensado acerca del papel de los psicólogos en nuestras sociedades: al final han terminado por convertirse en diagnosticadores y clasificadores del comportamiento humano. La misma sociedad que tanto contribuye a generar y a alimentar la neurosis en el hombre moderno, es, al propio tiempo, la que construye complejas teorías acerca de la conducta humana, y la que decide cuál es la frontera que delimita lo “normal” y lo “anormal” en el comportamiento humano, e instruye a los especialistas que han de acomodar la conducta de los individuos de acuerdo a estos estándares. Y es que, finalmente, nos cuesta dejar que cada quien sea y se comporte de acuerdo a quien realmente es, porque, precisamente, es eso lo que remarca verdaderamente nuestras diferencias como individuos y nos hace únicos a cada uno de nosotros; y, al final, lo distinto, lo diferente, lo que no se ajusta a patrones preestablecidos, nos produce miedo, inseguridad, nos hace sentirnos amenazados; es por eso que todas las sociedades ponen tanto empeño en normalizar al individuo, y se ha terminado por convertir la democracia en igualitarismo.
Mientras conversamos con Suzanne un grupo de italianos han subido también hasta la azotea. Es difícil encontrar a un italiano que viaje solo, e incluso en parejas; suelen hacerlo en grupos de al menos tres. Estos forman un grupo de siete. De todos los europeos, son acaso los italianos los que más necesidad parecen tener de sentirse dentro de la manada. Escuchamos que hablan de Berlusconi, a quien están poniendo a caer de un burro. Y aunque probablemente no les falta razón en lo que dicen de Il Cavaliere, me doy cuenta de la necesidad que todos tenemos de dar con alguien sobre quien descargar la responsabilidad y la culpa de todo lo malo. Buscamos un chivo expiatorio que nos desculpabilice y desresponsabilice de nuestros propios errores y limitaciones; mientras haya alguien a quien poder señalar con el dedo evitaremos tener que mirar cada uno dentro de nosotros mismos; es esta la manera más cómoda de instalarnos en el inmovilismo individual. ¿Qué es lo que han hecho siempre todas las dictaduras y todas las revoluciones? Pues precisamente eso: despertar, animar y dirigir el consenso social hacia una víctima propiciatoria en la que ensañarse, para asegurarse de ese modo que, finalmente, todo queda igual que estaba antes, y es tan solo la detentación del poder la que ha cambiado de manos.
No pretendo negar la necesidad y utilidad de lo colectivo, de lo societario, pero creo también muy necesario que el ser humano redescubra la conciencia de individuo, de ser único y solo, porque hasta tanto no asumamos la individualidad y la soledad como parte ineludible de lo que cada uno de nosotros es, seguiremos instalados en la minoría de edad crónica en la que nos hallamos, haciendo de lo comunitario, lo colectivo y lo societario un escenario público en el que diluir nuestra falta absoluta de certezas, y en el que seguir escondiéndonos, cada uno de nosotros, de nosotros mismos. El Derecho ha comprendido y asimilado a la perfección esta tendencia escapista de la que hablo dando cabida a figuras legales que garantizan esta posibilidad de que el individuo se esconda y se refugie de la propia responsabilidad al amparo del colectivo. ¿Qué son, si no, figuras tales como la “sociedad anónima, en la que ninguno de sus miembros resulta finalmente responsable de sus propios actos, sino que es la sociedad, como ente colectivo, quien asume por entero la responsabilidad que de los propios actos correspondería asumir individualmente a cada uno de sus miembros?
Son las 20:30 horas; el sol está a punto de ponerse y un aire fresco, inusual por estos lugares, refresca la Medina abrasada después de un día bajo el azote de un sol implacable. Desde la azotea la vista encuentra reposo y se adormece en un horizonte arrebolado de púrpura con veteados intensos de luz anaranjada.  El canto de los muecines rompe la caída de la tarde, superponiéndose unas sobre otras con la monotonía —pero también la magia— de una inercia de siglos… Allahu ‘akbar…Allahu ‘akbar… liah allahu Illah ‘Allah… liah allahu Illah ‘Allah… Mohammad’un rasul ‘Allah… Mohammad’un rasul ‘Allah…
José, que ha trepado y subido una silla hasta el techo de un cobertizo de la azotea, pinta con acuarelas el contorno de la Medina.

Camino de Meknés desde Fez. Viernes, 6 de agosto de 2010
El tren que nos lleva desde Fez hasta Meknés discurre veloz en medio de una planicie árida inmensa. Dentro del vagón el calor es asfixiante; con seguridad por encima de los 40 grados. En el asiento inmediatamente detrás del nuestro viajan dos estudiantes holandeses con los que ayer coincidimos en la mezquita madraza de Mulay Idris. Entablo una breve conversación con uno de ellos; se llama André y estudia Lengua y Literatura holandesas en la Universidad de Amsterdam; viajan también a Meknés, desde donde tienen pensado dirigirse después hasta Chef-Xaouen. Un hombre marroquí bastante obeso sentado en el asiento frente al mío se abanica haciendo molinillos en el aire con una toalla; cuando nuestras miradas se cruzan, gesticula arqueando las cejas y resoplando expresando el solidario padecimiento de la insoportable temperatura.
Llegamos a la estación de Meknés después de 1 hora de viaje, y desde allí cogemos un taxi que nos lleva hasta la Medina, junto a la Bab Al-Manssur (Puerta de Almanzor), que da acceso a la ciudad imperial, comenzada a construir por Mulay Ismail, pero concluida, a comienzos del siglo XVIII por su hijo Mulay Abdallah. Frente a Bab Al-Manssur, la gran plaza de El-Hedim separa la ciudad imperial del recinto amurallado de la Medina. Esta plaza, verdadero corazón de la vieja Meknés, constituye el lugar de reunión y encuentro de los mekníes y visitantes. Desde la plaza se accede a la Medina por su puerta principal, por la que accedemos, y, apenas traspasada, nos vemos asaltados predeciblemente por uno de tantos “agentes” improvisados que se ofrece para buscarnos alojamiento. Le decimos bien claro que no estamos dispuestos a pagar más de 250 Dh por noche. Nos conduce entre callejones hasta un riad cuyo interior ofrece un muy buen aspecto; se trata de una casa antigua, delicadamente restaurada al más puro estilo marroquí; desde un patio central, las habitaciones se distribuyen en las tres plantas de altura. Nos piden 450 Dh por día, y como comprueban nuestra firmeza en declinar su oferta, se abre el consabido y extenuante regateo. Finalmente arreglamos precio a 250 Dh por día, desayuno incluido. Desde la azotea puede verse una magnífica panorámica de la Medina. Después de una refrescante ducha, duermo una siesta de una hora. Tras despertarme abro mi netbook con la intención de continuar la crónica del día; compruebo que he dejado olvidado el cargador en la pensión Kawtar de Fez; llamo por teléfono y me confirman que esta mañana lo encontró la señora de la limpieza al hacer la habitación que hemos dejado esta mañana; decido ir hasta la estación y cojo el primer tren hacia Fez, que va atestado de gente hacinada en los compartimentos y a lo largo de los pasillos. El fuerte olor a sudor de tanta humanidad reconcentrada resulta asfixiante. Tras una hora de viaje llego a la estación de Fez, donde tomo un petit-Taxi hasta Bab Boujloud. Recojo el cargador del portátil en la pensión y me refugio del ruido incesante y el barullo de la medina en mi rincón habitual del Café-Clock, donde doy buena cuenta de una pechuga de pollo a la plancha con vegetales que me sabe a gloria. Ahora tendré que hacer tiempo hasta la 1:00 am en que sale el próximo tren hacia Meknés; el reloj marca todavía las 22:45; estimo que estaré de regreso en Meknés alrededor de las 2:30 am.
Comentábamos José y yo estos días que el desorden, el caos y el barullo de las medinas de Marruecos son como la antesala de la India; no creo difiera mucho. El ruido incesante, el ir y venir constante de gente en todas direcciones, chocándose a veces unos con otros, los tan intensos y variados olores en una gama que va desde el sándalo y el incienso, hasta el fuerte hedor de la fermentación orgánica de los restos de vegetales y animales junto a los puestos de alimentos, me recuerdan a la descripción de las ciudades viejas de la India que he encontrado en muchos de los libros de viajes a aquellas tierras.

Meknés. Domingo, 8 de agosto de 2010
Ayer, sábado,  pasé la mayor parte del día en la cama con síntomas de un fuerte golpe de calor (dolor de cabeza, dolor articular y muscular, malestar general, fiebre) y no me encontraba con ánimo para escribir. Hoy he amanecido algo más descansado, aunque todavía no restablecido por completo. Aún con todo, hemos marchado a visitar dos pueblos cercanos a Meknés: Mulay Idris y Volubilis.
A las 10:00 am, hemos tomado en la estación de autobuses de Meknés un autobús —y digo “autobús” por centrarnos en algún concepto— hacia Mulay Idris. La estación estaba abarrotada de gente, con el habitual babel de gritos y voces que se produce allí donde hay más de cuatro árabes juntos. Subimos al autobús después de comprar los billetes —6 dh. cada uno para una distancia de algo más de 30 kilómetros—, y salimos para Mulay Idris. El autobús es un viejo y desvencijado cacharro que debe llevar en servicio como 20 años de prórroga después de amortizado. Por entre el mugriento tapizado de los asientos  —lleno de manchas y lamparones con origen de imposible adivinación— muchas veces asoma su estructura metálica. El calor resulta insoportable en el interior de esta vieja carcasa de hierros y chapa recalentada por el sol abrasador que ya azota de desde tempranas horas. El motor ruge carraspeando con una fatiga de años que hace sentir toda su mecánica al borde de la extenuación en un tremendo estertor. Junto con nosotros viaja un pasaje de lo más variopinto: señoras de avanzada edad ataviadas con el agobiante niqab y cagando con enormes bolsas llenas de cachivaches; hombres con aspecto de campesinos portando más paquetes de los que un ser humano puede transportar; niños mal vestidos y calzados con chanclas y sandalias desparejas; ancianos ataviados a la más genuina usanza mora que parecen salidos de una ilustración de un cuaderno de viajes de Pierre Lotti; chicas jóvenes con ropas occidentales y el rostro y cabello al descubierto que nos recuerdan que estamos en uno de los países islámicos menos azotado por los rigores del islamismo. El autobús avanza lento, con un ritmo a veces desesperante, por la serpenteante carretera que conduce a la ciudad santa de Mulay Idris. Ésta debe su nombre al fundador de la primera de las dinastías reinantes en Marruecos —la de los idrissiíes—. Fue el mismo Mulay Idris quien fundó, también, Meknés y Fez en el siglo VIII, después de haber congregado una vasta hueste de guerreros bereberes en las proximidades de la vieja ciudad de Volubilis —a apenas 3 kilómetros de Mulay Idris—, para, después, lanzarla a una rápida campaña de conquistas que le permitieron ofrecer al Islam territorios hasta entonces no convertidos a la fe del profeta Mohammed. Llegamos a la ciudad de Mulay Idris y descendemos del autobús que nos ha traído. El calor resulta insoportable. El termómetro de un café marca 47 grados centígrados. La población está ubicada en la ladera de un monte, al cobijo de los vientos abrasadores de la inmensa planicie que se abre, infinita, a sus pies. Recorremos sus empinados callejones hasta donde parecen no haber accedido jamás los pies de ningún visitante extranjero. Nos cruzamos con algunos lugareños que nos miran con extrañeza; “¿qué pueden haber venido a buscar hasta aquí estos dos extranjeros?”, parecen preguntarse. Una mujer, a la sombra del zaguán de su casa, hace la colada restregando a mano, en una enorme palangana de zinc y sobre una tabla estriada, prendas de ropa enjabonadas abundantemente; el olor del jabón casero al aceite se mezcla con el frescor de la sombra del callejón regalándonos, por un instante, la sensación de que incluso en este lugar es posible un respiro a los rigores del clima. Los laberínticos callejones nos empujan continuamente hacia la cima del pueblo desde donde se divisa la imponente contundencia de una llanura árida y seca tachonada de olivos y arganes. Regresamos a la base del pueblo descendiendo por los callejones que más umbríos nos parecen, y llegamos a las puertas del mausoleo en que reposan los restos del Mulay Idris. Una barrera delimita el acceso al recinto sagrado no permitido, tal como lo anuncia un letrero esculpido en piedra, a los no musulmanes. De hecho hasta mediados del siglo XX estuvo por completo prohibido el acceso de no musulmanes siquiera a la propia población; hacia 1952 las autoridades marroquíes levantaron este veto integral si bien aún todavía hoy se mantiene con respecto al lugar del enterramiento de esta figura singular del Islam venerada por los marroquíes. Hay quienes aseguran que 5 peregrinaciones al mausoleo del Mulay Idris equivalen al hajj (peregrinación a la ciudad santa de la Meca ordenada por los preceptos islámicos).
Decidimos, a pesar de lo arriesgado de la hora —son las 14:30 pm, y el sol azota sin misericordia tanto a fieles como a infieles—, llegar hasta la cercana Volubilis, una antigua población romana de la que tan sólo quedan apenas unos restos arqueológicos que nos recuerdan que estas tierras fueron parte del Imperio Romano antes de convertirse, siglos más tarde, a la fe del Profeta . El único modo de llegar hasta allí es en coche, de manera que comenzamos el habitual y agotador regateo que, a causa del calor insoportable, resulta todavía más extenuante de lo habitual. Acordamos un precio razonable de 12 dh (1,20 euros) por la distancia de apenas 3 kilómetros hasta Volubilis. Una vez allí comprobamos que la palabra “ruina”, más allá de connotaciones arqueológicas, posee en su acepción vulgar pleno significado en este lugar, pues el estado que presentan los restos de la ciudad romana son de un lamentable deterioro más por la dejadez y el descuido que por el paso de los siglos. Ofrecen cierto valor los solados de mosaico que se conservan casi completos en algunas partes de la ciudad. Por lo demás, los restos despedazados de capiteles y fustes se apilan en desorden por todas partes. A la salida de las ruinas ajustamos precio con un taxista que nos lleva de regreso hasta Meknés por 80 dh. El cielo está cubierto y el calor absorbido por la tierra durante todo el día convierte la atmósfera en prácticamente irrespirable. El taxi que nos lleva de regreso es un viejo y desvencijado Mercedes del que tan sólo parece permanecer con cierta integridad el motor, pues el caso es que el coche avanza sin contratiempos por la carretera. La tapicería, el salpicadero, los tiradores de las puertas y otras partes del vehículo  no son, desde luego, los originales, sino el resultado de repetidos recambios por otros de manufactura casera. Por fin rompe a llover y las primeras gotas se estrellan sobre el parabrisas como sonoros impactos de barro. El penetrante olor a tierra mojada produce una inmensa sensación de alivio. La temperatura parece haber descendido de golpe en unos 15 grados. Después de 45 minutos de viaje llegamos a Meknés, y para reponernos de los rigores del calor del día buscamos cobijo al frescor del patio del riad en el que nos hospedamos. Después de darnos una reconfortante ducha salimos a recorrer los zocos. Aquí, en Meknés, donde el turista apenas recala, todo conserva un sabor más genuino, más auténtico, comparado con otras ciudades de Marruecos. A la caída del sol la plaza de El Hedimm se convierte en lugar de reunión de los mekníes. Aquí se ofrece a nuestros ojos un entretenido universo de lo más variado: brujos vendiendo curas y remedios para todo tipo de males; sacamuelas que exhiben, sobre unas esterillas costrosas, piezas dentales y molares extraídas con unas tenacillas completamente recubiertas de óxido; músicos y danzantes sufíes al son de enfebrecidos ritmos espirituales que hablan de la búsqueda de Dios; contadores de historias que con sus inverosímiles cuentos en dariyya —dialecto marroquí— congregan a su alrededor a una parroquia de crédulos y boquiabiertos lugareños; jóvenes desocupados que, sin otro quehacer más provechoso, matan las horas sentados sobre algún poyete con el que parecen haber hecho cuerpo. Este es pulso palpitante, vivo, del más genuino y auténtico Marruecos. Aquí el tiempo parece no conjugarse más que en presente, pues en medio de este escenario preñado de historia todo parece carente de progreso, como una permanente e infinita rememoración de un pasado todavía vivo hecho de glorias muertas.

Meknés. Lunes, 9 de agosto de 2010
El día de hoy ha transcurrido desesperantemente lento. Una atmósfera de fuego se ha cernido sobre esta pequeña ciudad de Meknés convirtiéndola en una suerte de zarza bíblica que, como la de Moisés, ardía sin consumirse. He dedicado la mañana a pasear por los zocos, prestando especial atención a las platerías en la que los orfebres trabajan y exhiben sus manufacturas. Llama la atención la querencia, omnipresente en todo el mundo árabe, por los dorados. Junto con finas piezas de plata cuidadosamente trabajadas, muchos escaparates exhiben joyería de oro de un mal gusto para el que no encuentro palabras. Collares, pendientes, anillos, y toda suerte de complementos de una vistosidad ostentosa que daña la vista. Pero —no entiendo muy bien el por qué—, en todos los países árabes que llevo visitados he encontrado esta misma propensión a confundir belleza con ostentación, poniendo siempre al descubierto que la divisoria entre lo más sublime y lo más  hortera, apenas es una finísima línea que es fácil traspasar sin darse cuenta de que se ha rebasado. José anda buscando una yalabba para la pequeña Nicoleta, pero no termina por decidirse ya que no está seguro de sus medidas. Esta noche le preguntará a Graciela cuando hable con ella por teléfono.
Sin apenas darnos cuenta el olor aromático del cedro y el ruido de las herramientas de los carpinteros nos conducen hasta los callejones en los que éstos tienen sus talleres. Entramos en uno de ellos, agradecidos al artesano por concedernos asilo, siquiera por unos momentos, en el frescor de su taller, perfumado por las maderas, al resguardo del insoportable fuego del día. Trabaja —nos cuenta— principalmente el cedro, con el que confecciona mesas, sillas, marcos, molduras con los más variados diseños. Nos muestra, orgulloso, sus herramientas: una acepilladora y un tupí mecánicos que cuenta con un juego de fresas de las más variadas formas que le permiten materializar casi cualquier diseño imaginable para los geométricos motivos de las molduras que fabrica. José —que conoce muy bien el trabajo de la madera— queda fascinado por la modestia de los medios y la capacidad creativa que es posible desarrollar con ellos. En otro taller próximo, y con una gubia que macea con un taco largo de madera a modo de percutor, un chico de unos 14 ó 15 años, esculpe disciplinadamente, con la tenacidad de un aprendiz que apenas comienza a desarrollar cierta destreza, los trazos de un dibujo previamente perfilados sobre la madera sirviéndose de una plantilla. El muchacho —me doy cuenta— se esmera en el trabajo al sentirse observado por nuestro silencio. La precisión de cada golpe hace que la gubia hiera la madera y rebane la exacta cantidad y forma de materia que termina por desprenderse formando caprichosas virutas. Nos despedimos con un gesto amable que él nos devuelve con una sonrisa satisfecha como queriendo expresar su íntima convicción en que merece la pena el esfuerzo dedicado a todo lo que lleva aprendido en el oficio.
La canícula y el sopor de la tarde se nos vienen encima como una condena perpetua de la que intentamos escapar buscando el escondido espacio umbrío de nuestra habitación del riad. Consigo dormir una siesta reparadora buscando, más que el descanso, poder salir del mundo de los vivos al menos durante las horas en que el calor resulta más insoportable. Cuando el sol termina por rendirse y desaparecer, nos acercamos hasta la plaza de El-Heddim. Un grupo de músicos sufíes congrega a su alrededor a buen número de curiosos. Y eso es lo que somos nosotros dos. La música de estos “locos de Dios” suena alegre, vital, rebosante de vida y de energía en un chocante contraste con la languidez del transcurrir del tiempo que, enlentecido por el sofocante calor, imagino estuviera atrapado dentro de los relojes bandos del genial Dalí. Con los músicos está Aziz, un hombre de unos 45 años, natural de Meknés, y a quien ayer conocimos mientras tomábamos un café sentados en una de las terrazas de la plaza. En cuanto nos ve sale del grupo y viene a saludarnos afectuoso, cordial, con su sonrisa inocente que —le insisto— jamás debería perder. Aziz pertenece a la corriente espiritual del Islam, el sufismo (del árabe soffiya, que significa “limpio”, “puro”), en la que encontró su camino después de una peripecia vital dolorosa de desencuentros permanentes consigo mismo y con su historia. El sufismo entronca con las más ricas tradiciones místicas que se encuentran en todas las grandes religiones, pero que, alejadas de los enunciados dogmáticos compartidos por la gran mayoría, buscan el camino del auténtico conocimiento en el núcleo más profundo del corazón, donde permanece intacta, inmaculada, la esencia de lo que somos, y donde no hay lugar para otra cosa que no sea el Amor. Ayer, en medio de la magia de la noche inacabable de Meknés, Aziz nos abrió su corazón compartiendo con nosotros su experiencia de vida, en la que el encuentro con la presencia real del Espíritu en su vida le rescató del profundo dolor y sinsentido en el que vivía atrapado. Desde entonces, y con el acompañamiento de un anciano maestro sufí, sastre de oficio, hasta el que la haqîqa [verdad del corazón] le había conducido, pudo ir recomponiendo el puzle de su propia historia, ensamblando, como si de un mosaico se tratara, los pedazos en que ésta había acabado por fragmentarse. En el sufismo encontró Aziz el camino hacia la wadhat al-wujûd o unidad del Ser: todo es Uno, y somos Uno con todo.
Le habíamos visto entre el grupo de músicos sufíes que cantaban y alababan, alegres, al Dios Amor de todos los hombres, y tan pronto como reparó en nuestra presencia atenta a la música y a la danza, se acercó para preguntarnos, con la calidez de su sonrisa de niño, qué estábamos buscando. Le preguntamos acerca de la presencia del sufismo en Marruecos y cómo podríamos entrar en contacto con alguna comunidad sufí. Nos invitó a sentarnos con él en una terraza y conversamos durante horas acerca del mundo, de la vida, de nuestras vidas, de “la búsqueda”, de la felicidad que nuestro corazón anhela, de la aridez que el camino ofrece no pocas veces, del sentido y del sinsentido de todo. Desde el primer momento se había producido la magia de la comunión espiritual propia entre hombres que respiran al ritmo de un mismo y solo aliento. Mientras conversamos, reparo en una inusual pareja que hay unas mesas más allá de la nuestra. Una mujer de edad madura, que imagino francesa por su aspecto, está sentada junto a un joven de raza negra de perfectas proporciones y bellísimas facciones que casi le dobla a ella en altura, mientras que ella le dobla a él la edad. Ella, con un gesto de complacencia,  descansa su cabeza sobre el hombro de él mientras le tiene cogida la mano entre las suyas. La escena de esta llamativa simbiosis de cariño y afectos entre dos personas tan diferentes percibo que despierta la curiosidad y la atención de muchas miradas en las que adivino, entre otras cosas, desaprobación para lo que visiblemente es una pareja por completo diferente a la imagen tipo que está dispuesta a aceptar el consenso público; a mí, sin embargo, observarlos me produce una enorme ternura, y me hace recordar la necesidad que todos tenemos de sentirnos queridos, de encontrar un hombro sobre el que descansar de nuestros pesares, una mano con la que entrelazar la nuestra, una mirada que nos devuelva la confianza de que somos algo muy especial para alguien, y que este alguien lo es para nosotros; necesitamos, en fin, un alguien que sea nuestro rincón último en el que poder encontrar la bendición de lo que somos.
Mientras observo a esta pareja, mi mente me trae de nuevo a lo que acontece en nuestra mesa.  Aziz escribe poesía que habla en cada una de sus palabras, en cada uno de sus versos, de la alegría que sólo el Amor es capaz de despertar en el corazón del hombre. Hoy nos ha traído uno de sus libros de poemas, en el que, aunque no somos capaces de leer por estar escrito en árabe, intuimos la belleza de los ritmos y de los sonidos de las palabras por la armoniosa belleza de su grafía. Al despedirnos nos hemos dado un abrazo de hermanos, y Aziz ha puesto sobre la palma de mi mano su  tasbir [rosario de recitación] como recuerdo y testimonio del encuentro que el Espíritu nos había reservado: —Nacho —me ha dicho—, quiero que lo tengas tú.

Meknés—Fez. Martes, 10 de agosto de 2010
Por la mañana, temprano, después de desayunar en la azotea, cargamos con nuestras mochilas a la espalda y dejamos el Riad Hiba en el que hemos estado hospedados estos días. En la plaza cogemos un taxi que nos lleva hasta Le Centre du Information de L’Islam, un organismo oficial dependiente del Ministerio de Asuntos Religiosos, con la esperanza de poder obtener allí alguna información de interés acerca de comunidades sufíes en Marruecos. Mostaphá, un pintor de Meknés al que hemos conocido visitando la exposición de su obra en el interior de la sala de exposiciones de la Bab Al-Manssur, nos indicó que quizás allí podríamos encontrar algo de información sobre lo que buscamos.
El taxi nos deja ante un magnífico edificio de impecable arquitectura situado en la nouvelle ville de Meknés, fuera y algo alejado de la vieja Medina. Traspasada la verja de acceso, y con nuestras mochilas a la espalda, subimos por unas anchísimas escaleras de apenas tres escalones que dan acceso a la puerta principal del edificio. Un vigilante nos pregunta por el motivo de nuestra visita, y, después de hablar con alguien por la línea interior de teléfono, nos invita a acompañarlo. Atravesando un espacioso vestíbulo solado con mármol reluciente de un blanco inmaculado, nos conduce por una amplia escalera hasta la primera planta, en la que, alrededor de un fresco patio atravesado en toda su longitud rectangular por una fuente, se distribuyen los despachos y oficinas de lo que, adivinamos, son los distintos organismos y negociados en que está estructurada esta institución. Por los corredores nos cruzamos con hombres —sólo hombres, y ninguna mujer excepto las de la limpieza— impecablemente vestidos con yalabbas y galabiyyas todas ellas de un blanco refulgente. Algunos de ellos llevan maletines y portadocumentos de mano poniendo de manifiesto, sin lugar a la duda, que estamos dentro de una máquina burocrática ordenada y perfectamente engranada. Nuestro vigilante-guía se detiene ante una de las puertas que golpea suavemente con los nudillos; un letrero en grafía árabe —ilegible, por tanto, para nosotros— anuncia el nombre del negociado que se ubica en su interior; él mismo abre la puerta y accedemos tras él a un amplísimo despacho sobria pero lujosamente equipado con mobiliario de la mejor calidad. El despacho en cuestión es una estancia rectangular de grandes dimensiones y cuyas paredes menores son las de la puerta y la del fondo. En la parte derecha hay una mesa de juntas con capacidad para unas diez personas. Al fondo, detrás de una mesa que habla de la importancia del cargo de quien la ocupa —debe ser el Director del negociado—, un hombre de unos 60 años, vestido con una elegante yalabba blanca, despacha con otros dos más jóvenes que permanecen sentados en sendos confidentes. Por su actitud de compostura y atención acusada se adivina que estos dos hombres más jóvenes están bajo su mando o dirección. El Director del negociado, de escaso pelo blanco que contornea una calva brillante de un moreno bruñido, y los dos hombres que con él despachan, se giran hacia nosotros cuando nos ven entrar detrás del vigilante;  el Diector asoma su mirada vivaz por encima de las diminutas gafas de fina montura dorada que apoya casi sobre la punta de la nariz. El vigilante le dice algo en árabe que no comprendemos, a excepción de la palabra soffiya. El Director del negociado detiene la mirada sobre nosotros, nos examina con atención, y le dice al vigilante —deducimos—, que nos sentemos en la mesa de juntas, ya que éste es lo que nos indica finalmente. Dejamos nuestras mochilas, que apoyamos en un rincón, y nos sentamos en unas cómodas sillas que desprenden un suave aroma a tapicería nueva de piel. El Director y los dos hombres que permanecen sentados ante su mesa vuelven a sus asuntos, y el vigilante sale del despacho cerrando detrás de sí la puerta. José y yo nos miramos con un gesto que es mezcla de sorpresa y extrañeza. Mientras, al fondo, los tres hombres continúan su conversación ya sin prestarnos ninguna atención.
A los pocos minutos regresa el vigilante acompañado de un tipo con muy buena pinta, vestido — ¿cómo no?— de blanquísima e impecable galabiyya. El vigilante hace las presentaciones, y nos deja con su acompañante. Debe de tener entre 38 y 40 años. Habla un francés académico que yo, que tan siquiera sé hablar una sola palabra en ese idioma, veo que deja al de José, que hasta ahora me había parecido bastante bueno, a la altura del betún. Nos pregunta, nuevamente, por el motivo de nuestra visita. Volvemos a explicárselo. Nos mira con extrañeza, y girándose hacia el Director del negociado —que aún despacha con sus dos subordinados— se dirige a él en árabe. Éste, sin despegar la vista de los papeles que tiene ante sí y que lee con detenimiento, le contesta mascullando algo en árabe. Nuestro interlocutor insiste en preguntarnos por qué estamos interesados en el sufismo. Le explicamos que es una corriente espiritual de la que conocemos algo hace bastantes años, pero que nos gustaría poder ampliar esta información e incluso, si ello fuera posible, contactar con alguna comunidad sufí. Arque las cejas con un signo inequívoco de perplejidad y vemos, sin duda, que no sabe qué decirnos. Nos pregunta si somos musulmanes. Le respondemos que no lo somos. Nos pregunta si somos cristianos. Volvemos a responderle que no. Vuelve, de nuevo, a preguntarnos cuál es, entonces, la razón por la que estamos interesados en el sufismo. Intentamos explicarle que nuestro interés nace del hecho de que, aunque no profesamos ninguna religión en particular, nos interesan algunas de las corrientes espirituales en las que, aunque pertenecen a distintos credos o confesiones religiosas, encontramos un denominador común de búsqueda y crecimiento espiritual más allá de dogmas y de principios fundamentales. De nuevo nos responde sin palabras con un gesto que, aunque cortés, expresa, inequívocamente, extrañeza y perplejidad. Termina por darnos un nombre y una dirección de Chef-Chaouen. No está de más recordar que Chef-Chaouen es la “ciudad santa” para los europeos que buscan disfrutar del mejor hachís del mundo. Algo ha visto este hombre en nosotros que le ha hecho pensar que más probablemente encontraremos lo que buscamos en la mística inducida del hachís, entre las volutas de humo de la yerba.
Nos damos por vencidos sin más remedio. Doblo el papelito en el que nos ha escrito el nombre y la dirección de Chef-Chaouen, lo guardo en el bolsillo, nos estrechamos la mano en gesto de despedida, y abandonamos el edificio.
De camino a la estación —donde cogeremos el tren de regreso a Fez—, le digo a José que intente visualizar e imaginar, transponiéndola al escenario de una ciudad española, el negativo fotográfico de la escena de lo que acabamos de vivir. Le doy las pistas para que empiece a imaginar:
Dos tipos, sin afeitar, con pinta de vagabundos, vestidos con yalabbas y cargando con sendas mochilas a sus espaladas, se presentan a las 10 de la mañana de un día  cualquiera en la puerta del obispado de Astorga, pongamos por caso. Entran por la puerta principal ante la mirada sorprendida del vigilante que les pregunta qué es lo que desean. Le dicen que están buscando información acerca de los esenios, y si existe alguna comunidad esenia en Astorga o en alguna otra ciudad de España. El vigilante, que todavía no ha comprendido la pregunta de los insólitos visitantes, descuelga el teléfono y marca una extensión interna:
—Oye, Pepe; que aquí hay dos moros con pinta de “flipaos” que piden información sobre los esenios, y quieren saber si hay esenios en España… ¿Tú sabes qué coño es eso de los esenios?
—Espérate un momento, tío… ¿Qué me estás contando? ¿Tú te pinchas, o qué? ¿Los esenios? ¡Y yo qué coño sé qué son los esenios!
—¡Joder, tío, y a mí que me cuentas!... Bueno, subo con ellos y que os digan qué hostias quieren.
—¡Joder, Manolo, a mí no me jodas… aquí no los traigas! ¡Súbetelos a Inmigrantes y Transeúntes, pero aquí no los traigas!
—Vale, tío… me has dado una idea… Se los subo a los de Inmigrantes. Ok, gracias.
…Toc…toc
—Adelante.
—Buenos días. Estos dos señores… que buscan información sobre los esenios…
—¿Sobre los esenios? —pregunta extrañado y levantando la mirada de la pantalla del ordenador en el que escribe un cura gordo—. ¿Cómo los esenios? —dice esbozando una mueca agria cuando pronuncia la palabra esenios. El cura se coloca las gruesas gafas a modo de diadema y escanea con la mirada a los dos moros vestidos con chilaba que acompañan al vigilante.
—Mire… no sé… es lo que ellos me han dicho… que buscan información sobre los esenios… sobre comunidades esenias en España... Primero he hablado con los de Cáritas, y me han dicho que ellos de eso no saben nada, y que, tratándose de extranjeros y gente así, como necesitada, que mejor los trajera aquí… a Inmigrantes y Transeúntes…

Visualizando la escena, José y yo rompemos a reír hasta el dolor de tripas que nos obliga a detenernos y descargar las mochilas de la espalda.
El tren que nos lleva de regreso a Fez, como dice José, “debe llevar la calefacción puesta”, pues la temperatura en el interior del vagón con seguridad supera los 45 grados de temperatura que hay en el exterior. Hoy, además del calor, una comprimida masa humana hacinada en los pasillos y compartimentos de los vagones hace más incómodo, si cabe, el viaje. Después de una hora de suplicio ineludible, a las 14:00 pm llegamos a Fez al borde de la extenuación. Aún nos queda la agotadora tarea de encontrar hospedaje en la Medina. Un petit-taxi nos deja junto a la Bab Boujloud. Vamos directamente a la pensión Dar Bounannia a tantear la suerte. Quizás allí podamos encontrar una habitación doble a un precio razonable. Imposible; está completa. De allí vamos hasta la pensión Kawtar, en la que estuvimos hospedados antes de partir para Meknés. Tampoco allí encontramos posada. El dueño nos acompaña amablemente hasta una pensión próxima a la suya en la que, finalmente, encontramos habitación. Se trata de una casa típicamente marroquí al estilo riad: una construcción bastante antigua (de más de 200 años), distribuida en torno a un patio central que constituye el corazón de la casa. Nuestra habitación está en la primera planta. La dueña es una señora encantadora de unos 45 años, pero que aparenta bastantes más —cosa muy común y generalizada entre las mujeres marroquíes—. Acordamos con ella un buen precio de estancia por día y nos instalamos. Fátima —que así se llama el ama de la casa— tiene dos hijos que viven con ella: Rachad, de 24 años, y Salah, de 20. Rachad está pensando en interrumpir sus estudios de Informática, de modo que todavía no ha hecho la matrícula para el próximo curso. He tenido una conversación con él y he intentado dibujarle el escenario que le espera en un futuro si, finalmente,  decide abandonar sus estudios. Son muchos —la inmensa mayoría, de hecho— los jóvenes que ni tan siquiera terminan la educación primaria, y acaban por convertirse en uno más de tantos merodeadores de turistas de la Medina a los que esperan sacar algunas monedas a cambio de acompañarles hasta un alojamiento de complicada localización en el laberíntico caos de la medina, o por hacerles de guía durante unas horas. Sería una pena que Rachad —que tiene muy buena cabeza—  acabara engrosando esta incontable legión de jóvenes desocupados y sin ilusión en cuyas miradas puede adivinarse la proximidad de una vejez prematura. Salah, por el contrario, es un muchacho con inquietudes, que demuestra interés por todo lo que pueda ofrecerle nuevas vías de conocimiento y de experiencia. Cursó la educación secundaria en el American School de Fez, regentado por la propia embajada de los Estados Unidos. Habla un inglés simplemente perfecto, con una perfecta pronunciación. Quiere estudiar Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Fez, y, una vez terminados sus estudios, salir al extranjero a cursar un postgrado. Al contrario que su hermano, Salah está fuertemente motivado por labrarse su propio camino fuera de los cauces habituales a los que terminan abocados la práctica totalidad de los jóvenes marroquíes. No está de más recordar que el nivel cultural y de preparación académica de la inmensa minoría de chicos y chicas marroquíes que cursan estudios universitarios es bastante más alto que el promedio de sus equivalentes europeos. Se trata, por lo común, de jóvenes que han tenido que superar no pocas dificultades para poder acceder a la Universidad, y que, al contrario de lo que es habitual entre los jóvenes europeos, optan por estudiar una licenciatura movidos por una verdadera vocación, y no como una manera de prolongar la etapa de la vida en la que todavía no se termina de asumir responsabilidades. Estos jóvenes marroquíes excelentemente preparados, son la esperanza viva de esta nación. Algún día ellos asumirán las tareas directivas y de gobierno, y, estoy seguro de ello, dirigirán los pasos del país en una nueva dirección.
José se ha retirado a dormir, mientras que yo permanezco hasta altas horas de la madrugada conversando animadamente con Salah y Rachad en el patio del riad, disfrutando del levísimo respiro —apenas apreciable— que al insoportable calor del día ofrece la noche de Fez. Me cuentan muchas cosas acerca de cómo es la vida de los jóvenes en Marruecos, y me preguntan por la de los jóvenes españoles.

Fez. Miércoles, 11 de agosto de 2010
Aunque he dormido pocas horas, el sueño ha sido reparador. Después del desayuno, José y yo vamos, por fin, a emprender la parte más importante de nuestro viaje, de la que no he hablado hasta este momento, pero que ha sido el principal motivo que nos ha traído en esta ocasión a Marruecos. Algo he contado ya de nuestra búsqueda de información acerca del sufismo, incluso con alguna nota de humor, ya que nadie parecía entender absolutamente nada del motivo de nuestras pesquisas, ni de la razón de nuestro interés en esta corriente espiritual. Bromas aparte, sí diré que José y yo hemos venido hasta estas tierras tras la pista de un maestro sufí del que hemos tenido alguna noticia a través de un médico de Granada. Hay, al parecer, en un aduar próximo a Fez, un anciano de más de 90 años del que se dice es un auténtico maestro sufí. Vive en una z

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Comentarios Bitácora de marruecos

Nacho,
Me ha pasado algo rarisimo que me gustaria compartir contigo aunque no nos conozcamos. He estado buscando informacion sobre el sufismo y me he cruzado con tu blog. Cual ha sido mi sorpresa que cuando leo tu relato acerca de Fez veo que estuvistes en la misma casa de la señora Fatima y hablando con sus hijos Salah y Rachad. Curiosamente yo estuve solo 2 semanas antes que tu el año pasado!
Bueno me ha encantando leer tus aventuras en Marruecos. Por cierto me has dejado pendiente de como termina la historia, como se llama el maestro sufi y donde vive? "Hay, al parecer, en un aduar próximo a Fez, un anciano de más de 90 años del que se dice es un auténtico maestro sufí. Vive en una z"
Saludos,
Joaquin 
Joaquin Joaquin 31/05/2011 a las 23:02

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