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El capitán de Jaca. La verdadera historia de Fermín Galán

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El capitán de Jaca. La verdadera historia de Fermín Galán

EL  CAPITÁN
DE  JACA

(la historia de Fermín Galán)
 
Una novela de Ignacio Sánchez Tapia

«Nuestras inclinaciones más primarias tienen siempre
la asombrosa habilidad de disfrazarse de ideologías».
 
Hermann Hesse
Gedenkbläter

Capítulo 1
Cudia Mahafora, Xauen. Agosto de 1.924
 
Con el fin de asegurar el abastecimiento de la plaza de Xauen, amenazado por continuas rupturas de la línea que la comunica con Tetuán a causa de las incursiones enemigas, el general Serrano Orive, después de escuchar a su Estado Mayor y el diagnóstico del terreno hecho por el teniente legionario Fermín Galán Rodríguez en calidad de práctico del terreno, resuelve llevar a cabo una operación a fin de ocupar el puerto de Bab-Tizzi, cerrando el paso al enemigo por Beni-Hassan, hasta alcanzar la posición de Tafugal  por el paso de Cudia Mahafora
 
Aproximadamente a las cuatro de la tarde del día 17 llega a Cudia Mahafora, con el teniente coronel Franco a la cabeza, la vanguardia de la columna que manda el general Serrano. Dos horas más tarde llega a la posición el cuartel general con el general al mando.
—¡Qué venga ese teniente-guía de la Legión! ¡Inmediatamente! —ordena bufando el general.
El teniente coronel Mola, ya familiarizado con los ataques de cólera de Serrano, con un gesto de cabeza ordena acercarse al ordenanza y le susurra al oído que avise al teniente Galán, de la Legión, que estará con las fuerzas del Tercio que han llegado dos horas antes.
—¡No te jode el pollo este! ¡Pues no dijo el otro día, cuando preparábamos la operación, que esto era una meseta amplia y sin accidentes, y con un fenomenal manantial…! ¡La madre que lo parió!
El general Serrano, siguiendo las indicaciones del teniente legionario Galán, ha conducido a su columna hasta lo que ha resultado ser un picacho de unos novecientos metros de altitud que forma una divisoria como el filo de un cuchillo, prácticamente intransitable, y en el que no existe manantial ni pequeño ni grande.
A los pocos minutos se presenta Galán ante el general.
—A la orden de Vuecencia, mi general.
—¡Te voy a cortar los cojones, muchacho! ¿Esta es la planicie tan cojonuda de la que hablabas el otro día? ¿Te has dado cuenta de a dónde nos has traído, insensato? ¡Que sepas que esto te va a costar la carrera! ¡Voy a decirle ahora mismo al teniente coronel Franco que te largue del Tercio, y ya veremos si no ordeno que se te forme un Consejo de Guerra!
—Mi general, con el debido respeto… Más adelante, a unos quinientos metros, el terreno es despejado…
Las justificaciones de Galán enfurecen todavía más al colérico Serrano.
—¡A quinientos metros! ¿Tú eres imbécil? ¡Me cago en tus muertos…!
Galán endurece el gesto y aprieta los puños. Trata de contenerse.
—¡Mi general; no le tolero que me falte al respeto de ese modo. Si he cometido un error y cree que por ello debe sancionarme, o… fusilarme, hágalo; pero no le consiento que me falte al respeto de ese modo!
—¡La madre que te parió...! ¡Que lo fusilen! ¡Que lo fusilen!
El general está completamente fuera de sí. El teniente coronel Mola, que presencia atónito la escena, trata de apaciguar los encendidos ánimos de Serrano intercediendo por el joven teniente. Conoce bien a Serrano y sabe cómo tratarlo cuando le arrebatan esos accesos de cólera.
—Mi general, lo cierto es que los planos de toda esta zona son confusos y se han detectado en otras ocasiones errores graves de trazado. Seamos prácticos y busquemos con calma una solución.
—Gracias, Galán; puede retirarse —ordena Mola tratando de zanjar el asunto, al tiempo que hace un gesto con los ojos al teniente legionario indicándole que se retire de allí cuanto antes mientras coge al general Serrano por el brazo llevándoselo en dirección al puesto de mando, tratando de tranquilizarle con su habitual talante calmoso y apaciguador.
—Mi general, creo que estamos todos un poco nerviosos. Llevamos ya muchos días sin descansar lo suficiente y soportando una tensión considerable.
Aunque ya más tranquilo, el general Serrano insiste todavía en la gravedad del error cometido por Galán.
—¡Joder, Mola! Esperemos que no suceda nada, pero esta cagada nos puede costar muy cara.
—Mi general, es cierto; el teniente ha cometido un error; pero con perder los nervios no arreglamos nada. Además, todos hemos cometido errores alguna vez. Fijémonos ahora en la ventaja defensiva que esta posición dominante nos ofrece.
El general Serrano no se da por vencido a pesar de los buenos oficios de Mola.
—¡Que venga Franco! ¡Quiero que empapele a ese teniente!
Mola prosigue con paciencia franciscana su labor apaciguadora
—Mi general, el muchacho ha tenido ya más que suficiente con la bronca que lleva. Además, visto por el lado práctico, ¿qué es lo que interesa? ¿Que no vuelva a cometer otro error parecido en el futuro? Bien, pues ya está; objetivo conseguido. Le aseguro, mi general, que no volverá a cometer el mismo error.
Pasadas algunas horas de aquel incidente, el general Serrano y el teniente coronel Mola cenan el rancho sentados en unas rocas con una servilleta sobre las rodillas. Serrano, tozudo y pertinaz, vuelve a sacar a colación el desafortunado incidente con Galán. Mola, a quien Serrano consiente que le diga cuanto le viene en gana, trata de zanjar el tema definitivamente.
—Bueno, mi general… En fin; creo que ya hay suficiente sobre el asunto. El teniente Galán comete errores como los cometemos todos; usted y yo incluidos. Es un buen oficial, y muy apreciado. Franco le tiene en muy buena estima; usted mismo pudo comprobarlo en la reunión de Tetuán el día en que preparamos la operación. No sería justo medir su valía por un error, grave, es verdad, pero ocasional.
 
 
 
Octubre de 1.924
 
Yemaa el Gaba, Xauen
 
Siguiendo la orden de repliegue dada por Primo de Rivera, las fuerzas españolas presentes en el Protectorado de Marruecos se retiran hacia las plazas costeras de soberanía española, con el propósito de establecer, a partir de ellas, una fuerte línea defensiva, abandonando al enemigo el resto del territorio. Las tropas que se hallan en el área de Xauen bajo el mando del general Castro Girona tendrán que retirarse hacia las afueras de la ciudad de Tetuán. La acometividad de las kabilas rifeñas está poniendo en serios aprietos a las tropas españolas en su repliegue, lo que exige constantes maniobras de cobertura y contención del enemigo.
Aquella noche el comandante Lucas Mercader, que manda la primera bandera del Tercio, ha reunido a todos los oficiales con mando de compañía para cursarles las órdenes de operaciones del día siguiente. Le han dado órdenes de desplegar el batallón para cubrir la retirada hacia Tetuán en una operación que habrá de desarrollarse por cuatro frentes: Kobba Darsa, Zocoel Arbaa, Dar Akobba y Yemaa el Gaba.
—¿Queda claro lo que tiene que hacer mañana cada uno de ustedes? —pregunta el comandante Lucas a sus oficiales.
—Sí, mi comandante —responden todos.
—Entonces, señores, no hay más que hablar. Que los jefes de compañía se reúnan ahora con sus oficiales para concretar los detalles. Galán, usted quédese un momento.
—A sus órdenes mi comandante —contesta con marcialidad el joven teniente que manda la 13ª compañía.
—Galán, a usted le he encomendado la cobertura de Yemaa el Gaba porque es la parte de la operación que más me preocupa. El terreno es abrupto y complicado en esa parte y ahí somos especialmente vulnerables. Preveo que el enemigo no desaprovechará la ocasión para atizarnos por el punto más débil. Tengo gran confianza en usted, Galán. Aunque lleva apenas cuatro meses en el Tercio, los informes que sobre usted he recibido no pueden ser mejores y, por ahora, en el corto tiempo que lleva con nosotros, veo que se confirman. Recuerde que el paso de Yemaa el Gaba es decisivo para el resultado final de la operación. Confío en usted. Nada más.
—A sus órdenes, mi comandante. Con su permiso voy a dar instrucciones a los jefes de sección.
—Puede retirarse.
 
A las cuatro de la mañana el sargento de semana de la 13ª compañía da la voz de ¡compañía, a formar!
El oficial de semana da novedades al teniente Galán.
—A sus órdenes, mi teniente; formada la compañía sin novedad.
—Manda descanso, Barrera —ordena Galán. Y dirigiéndose a la tropa les habla diciendo:
—Legionarios: hoy es un día importante para la 13ª compañía. Se nos ha encomendado la cobertura defensiva de Yemaa el Gaba. El mando ha puesto grandes esperanzas en nosotros seguro de que sabremos cumplir la misión. Yo también lo creo. De nosotros depende la vida de muchos hombres. Espero de vosotros que sepáis dar lo mejor de cada uno. No quiero actuaciones por libre. Recordad que el enemigo nos aventaja en conocer el terreno palmo a palmo. Seguid al pie de la letra las órdenes de vuestros oficiales y todo saldrá según lo previsto. Legionarios: ¡viva España!
—¡Viva! —es el grito unánime con que contesta la compañía.
—Barrera, que salga la compañía a paso de maniobra —ordena Galán.
—¡Compañía! ¡Fir….mes! ¡Izquierda… mar! ¡De frente, paso de maniobra… mar!
La 13ª compañía, con el teniente Galán al frente, se pone en marcha en dirección al objetivo. Galán infunde confianza a sus legionarios. Su gesto y su apostura transmiten resolución y firmeza de carácter. Es el vivo ejemplo de todo lo que cabe esperar de un buen oficial.
En las proximidades del paso de Yemaa el Gaba, Galán ordena extremar la vigilancia y avanzar en guerrilla. Resulta extraña la falta de cualquier indicio de presencia enemiga. De pronto, sin poder conocer su preciso lugar de procedencia, empiezan los disparos de acogida. La 13ª compañía comienza a ser hostigada por un intensísimo fuego de fusilería.
—¡Cuerpo a tierra! —no dejan de gritar, desgañitándose, los oficiales y suboficiales—. ¡A cubrirse! ¡Cuerpo a tierra!
Cunden el desconcierto y la confusión entre los legionarios. Los oficiales tratan desesperadamente de localizar las posiciones enemigas, pero los disparos parecen venir de todas partes.
—¡Disponed las secciones en círculo! —ordena Galán— ¡Fuego a discreción!
El enemigo lanza sobre la emboscada compañía abundante fuego de mortero de pequeño calibre causando cuantiosas bajas. Los gritos de los heridos, que se retuercen con los cuerpos reventados por la metralla, dan un aspecto infernal a la escena. Galán, consciente de que permanecer en aquella hondonada por más tiempo supone la completa aniquilación de su compañía, ordena el avance a pesar de la intensidad del fuego enemigo.
—¡En pie! ¡Avanzad! ¡Adelante!
Él mismo, empuñando la pistola, indica la dirección del avance. La 13ª compañía comienza a avanzar con celeridad en la dirección señalada por el teniente Galán. El fuego enemigo arrecia. Los legionarios, en su avance, recogen los cuerpos tendidos de sus compañeros alcanzados por por las balas y la metralla de mortero. El ruido es ensordecedor. De pronto, una bala alcanza a Galán en la pierna izquierda y éste cae de inmediato, desplomándose como un fardo.
—¡Han herido al teniente Galán! ¡Han herido al teniente…!
 
 
 
Tetuán
 
En el hospital de Tetuán el número de ingresados supera con mucho su capacidad. La continua llegada de nuevos heridos procedentes de los frentes próximos es incesante, y aún se ha incrementado en los últimos  días por el desarrollo de las operaciones de Xauen en las que se están produciendo cuantiosas bajas, sobre todo del Tercio.
 
—Poned al herido sobre esta camilla —ordena el comandante médico Aróstegui a los soldados sanitarios que traen al teniente Galán gravemente herido.
—Vamos a ver qué aspecto tiene eso…—añade el comandante médico mientras examina con atención la herida— Bien, bien, bien… La cosa parece seria, teniente. La herida es profunda y muy abierta, y afecta a masa muscular, huesos, vasos, safena… Desde luego el torniquete que le han hecho es de profesionales…. ¿Se lo ha hecho alguno de vosotros? —pregunta dirigiéndose a los sanitarios que lo traen.
—Se lo hice yo, mi comandante —contesta uno de ellos con una no disimulada satisfacción.
—Muchacho, le has salvado la vida al teniente. Sin un buen torniquete como éste hubiera muerto en el traslado sin dudarlo… Esos moros tiran a dar — dice el comandante médico dando unas palmadas en la espalda al soldado.
—Teniente, le debe usted la vida a este muchacho… —añade.
Galán hace un esfuerzo por expresar su agradecimiento al sanitario dirigiéndole una mueca de sonrisa, ya que apenas puede hablar debido al intenso dolor y a la alta fiebre que le tienen al borde del desmayo.
—No perdamos más tiempo y vamos a trabajar en esa pierna —interviene el comandante Aróstegui—. Que preparen el material quirúrgico inmediatamente; hay que operar de inmediato.
 
Por la  mañana, el comandante Aróstegui hace la visita rutinaria a los heridos que tiene asignados revisando su estado.
—¿Cómo se encuentra, teniente? Esto tiene mucho mejor aspecto… ya lo creo.
—Sigo con dolor y con fiebre, mi comandante. Supongo que eso será normal, ¿no?
—Aquí le hemos hecho los arreglos, llamémoslo así, de urgencia; pero le voy a mandar a Madrid para que terminen allí de ponerle todo en orden.
—Pero… ¿y mis hombres?… Debo reincorporarme cuanto antes a mi compañía; no puedo dejarla abandonada así como así… —dice inquieto Galán tratando de reincorporarse en la cama.
—Olvídese, teniente —le corta en seco el comandante Aróstegui—. La herida, teniente, es muy seria, y todavía puede complicarse más; Aquí, ya lo ve, tenemos recursos muy limitados y el tipo de intervención que usted necesita no podemos practicarla sin correr muchos riesgos que considero innecesarios. Mañana mismo sale para Madrid. Para usted, teniente, esta guerra ya ha terminado, de manera que no tiente usted a la suerte. La convalecencia será larga, así que, como le he dicho, vaya olvidándose de esta guerra… o, mejor dicho, de esta inútil carnicería —sentencia el comandante médico sin poder contener su agria valoración de aquella campaña.
 
 
 
Madrid
 
La lluvia de otoño cae sobre Madrid desde hace varios días. Desde su cama del Hospital Militar de Carabanchel Galán puede escuchar el chapoteo de los neumáticos de los coches al rodar sobre el firme mojado. No puede apartar de su pensamiento las duras condiciones a que tendrán que estar haciendo frente sus compañeros de armas y sus legionarios. Se acuerda de aquella triste canción que junto al fuego, por la noche, solía cantar con su guitarra Tom Barry, un legionario irlandés que había luchado en Gallípoli durante la Guerra del 14:
 
…How well I remember the terrible day
when the blood stained the sand and the water.
And how in that hell
which they called Suvla Bay
we were butchered like lambs in a slaughter…
 
Se siente impotente, ya que su deseo más vivo es estar junto a sus compañeros. Piensa en Garcés, el alférez de la segunda sección, que confía en él como un niño pequeño confía en su padre. Piensa también en Jacinto, su asistente, un muchacho extraordinario, aunque muy bruto, de Jaén, que no sabe hablar sin decir tres tacos seguidos cada dos palabras. Y en Contreras, un sargento que a pesar de hacer honor a su apellido —pues siempre pone objeciones a las órdenes que recibe—, es leal sin fisuras. Piensa, también, en todos aquellos valientes muchachos, muchos de ellos apenas niños, que ha visto morir como a chinches, reventados por la metralla o atravesados por las balas enemigas.
Galán tiene nublada la vista por una cortina de lágrimas cuando se acerca a su cama un teniente coronel médico, el doctor Muñoz, que le ha practicado la segunda operación a su pierna.
 
—A sus órdenes, mi teniente coronel —saluda rituariamente Galán tratando de incorporarse.
—Buenos días, teniente. No sé si sabe que estamos de suerte. A punto estuvo de irse en la operación. Perdió mucha sangre y no había forma de detener la hemorragia. Además la herida se había infectado durante el viaje, de manera que cuando le tendieron sobre la mesa de operaciones no hubiera dado yo un real por usted —dice con brusquedad el doctor Muñoz—. Pero, en fin, pudimos solucionarlo y aquí le tenemos vivito y coleando. Pero, eso sí, tendrá que estar aquí un temporada… así que no haga planes, ¿estamos?
—Sí, mi teniente coronel, aunque muy a mi pesar.
 
Galán lee la prensa de la víspera buscando información de los frentes de Marruecos. ABC habla de las operaciones desarrolladas en el frente de Xauen y de las cuantiosas bajas sufridas por los españoles. El Heraldo de Madrid informa del éxito final de las operaciones de repliegue hacia la costa a pesar de las numerosas bajas españolas. Galán recuerda, una vez más, la dureza de las últimas jornadas vividas en el frente. Él, que desde su llegada a África se había interesado intensamente en conocer las costumbres, la historia y la cultura de aquellas gentes del Rif, y que había llegado, incluso, a aprender su lengua, piensa que, a fin de cuentas, ellos defienden lo que es suyo, su territorio y su independencia. En cierto modo España no deja de ser una potencia colonizadora que trata de imponerles por la fuerza otra forma de vida que no tienen por qué aceptar. En todo caso, él no es mas que un oficial del Ejército español a quien no incumbe sino cumplir órdenes y eso, precisamente, es lo que ha hecho. Pero aquella guerra le resulta estúpida, absurda, sin justificación alguna, aunque nadie, ni siquiera sus propios compañeros, sospechan esta forma de pensar. Están convencidos, especialmente el mando militar, dada su brillante actuación durante todo el tiempo que lleva en África, de que Galán tiene la firme e íntima convicción de la justicia y legitimidad de la posición española en la guerra de Marruecos. Los políticos —piensa Galán—, como siempre, han aprovechado la guerra para distraer al país de los problemas domésticos.
En estos pensamientos está cuando aparece su madre en la sala del hospital.
—Buenos días, hijo. ¿Qué tal te encuentras hoy? Tienes mucho mejor aspecto que ayer.
—Hola madre. Sí, no estoy mal. Me encuentro un poco mejor, es verdad.
—Ya me ha dicho el doctor Muñoz que la cosa va bien, aunque todavía tendrás que estar aquí unos días para reponerte. Pero bueno, hijo, eso ahora es lo de menos teniendo en cuenta que la operación fue muy complicada.
—Sí, pero no puedo quitarme de la cabeza lo que estará pasando mi gente allí. Mira —dice Galán ofreciéndole los periódicos que acababa de leer—. Toda la prensa habla de las numerosas bajas sufridas. ¿Qué habrá sido de los míos?
—Hijo, ahora no pienses en eso. Lo que tienes que hacer es descansar, reponerte y, desde luego, no leer más prensa ni nada que tenga que ver con la guerra… ¡lo que te faltaba! Voy a decirles a las enfermeras que no te traigan más periódicos; prohibidos.
—¿Qué tal por casa?
—Bien; ayer estuvieron en casa Paco y Marcela con la niña. Está riquísima la pequeñina; y ya anda. Vendrán a verte mañana. José María está de servicio hasta el jueves, así que el viernes le verás.
 
 
 
Madrid. Marzo de 1925
 
Galán se dirige por la mañana temprano al Ministerio de la Guerra, en Cibeles. El aspecto palaciego del edificio le hace reflexionar acerca de lo diferente que se ve la guerra desde sus despachos, tan lejos como están de los rigores del frente. Llama a la puerta del despacho del teniente coronel Garcerán, jefe de la Sección de Destinos de la División de Personal.
—A sus órdenes, mi teniente coronel. ¿Da usted su permiso?
—Pase Galán, pase. Le estaba esperando. Siéntese, siéntese —dice con amabilidad el teniente coronel reparando en la evidente cojera del teniente.
—Usted dirá, mi teniente coronel.
—¿Qué tal va esa convalecencia? Veo que todavía cojea…
—No es nada, mi teniente coronel. Esto va viento en popa… Ya camino con soltura aunque esta pequeña cojera supongo que irá desapareciendo poco a poco. Hace ya una semana que dejé las muletas.
—Estupendo, estupendo. Veamos, Galán —dice el teniente coronel rebuscando entre los montones de papeles que tiene sobre la mesa el expediente del teniente—. Ya me han informado de su insistencia en regresar cuanto antes a Marruecos y le voy a complacer. Tiene usted, por cierto, una hoja de servicios brillantísima, sí señor. Nominaciones en las órdenes del día, informes inmejorables de todos sus superiores… dos Cruces de primera clase… ¡Ah!, y ha sido propuesto para la Laureada de San Fernando… No dudo que se la concederán. Por cierto, entre nosotros…, sé de buena tinta que el teniente coronel Franco le tiene en muy buena estima. Dice que usted le recuerda mucho a él mismo cuando era teniente.
—Es de lo mejor que tiene el Ejército en Marruecos. Un poco distante y frío, pero es un buen jefe —añade Galán.
—Y sabe muy bien de quién se rodea, no lo dude. Bueno, vamos a lo que nos trae. Con respecto a su destino, podría reincorporarse al Tercio, pero no en su bandera. Los informes médicos aconsejan poca actividad física de momento. Ahora mismo hay una vacante en la Plana Mayor del Tercio, en Ceuta. Estaría usted muy cerca de su querida primera bandera y de sus compañeros. Es lo más próximo a su deseo que puedo ofrecerle en este momento.
—Se lo agradezco sinceramente, mi teniente coronel. Necesito cuanto antes estar cerca de mi gente. Dada la situación es una buena solución.
—En ese caso, no se hable más. Daré orden de que no se publique la vacante, clasificándola de libre designación.
El teniente coronel Garcerán se pone en pié; Galán le sigue.
—¿Ordena alguna cosa, mi teniente coronel?
—Nada Galán, nada más. Puede retirarse.
 
 
 
Ceuta. Abril de 1.925
 
El teléfono suena en la mesa del teniente Galán.
—Teniente Galán al aparato; dígame.
—Galán, soy el teniente coronel Franco.
—A sus órdenes, mi teniente coronel.
—Le llamo porque ha caído en mis manos un informe suyo de hace cosa de dos años para la Liga Africanista de Madrid, en el que recoge abundantes datos sobre la organización, medios y recursos de las kabilas rifeñas…
—Sí; lo recuerdo, mi teniente coronel.
—Quisiera hablar con usted sobre ello. Suba a mi despacho.
—A sus órdenes, mi teniente coronel.
Galán llama a la puerta del despacho del teniente coronel Jefe del Tercio.
—A sus órdenes, mi teniente coronel. ¿Da usted su permiso?
—Pase, Galán.
El teniente coronel Franco impone respeto a pesar de su escasa estatura y su voz atiplada. Galán permanece en posición de firmes ante la mesa del teniente coronel.
—Siéntese, Galán. Éste es su informe, ¿no es así?
—No sé, mi teniente coronel… no puedo leer desde aquí…
—¿No sabe usted leer del revés? Le aconsejo que aprenda. Le será muy útil —bromea el teniente coronel Franco—. Muy brillante su informe, Galán. Contiene información muy valiosa. ¿Quién le pidió que lo hiciera?
—Lo hice por propia iniciativa, mi teniente coronel. Durante el tiempo que serví en la Policía Indígena siempre eché en falta un manual que recogiera de forma sistemática la información que a lo largo de tantos años se ha ido obteniendo sobre la comarca del Rif en todos sus aspectos: cultural, geográfico, económico, político, militar, estratégico…
—¿Y por qué no se lo entregó primeramente a sus superiores?
—Se lo entregué al jefe de la Policía Indígena, el teniente coronel Del Olmo, pero me lo devolvió al día siguiente y me dijo que no perdiera el tiempo con bobadas. Entonces decidí hacerlo llegar a la Liga Africanista, de la que soy miembro. Pensé que a ellos podría interesarles.
—Conozco a Del Olmo; entendido.  Galán, ¿qué piensa de esta guerra?
—¿Puedo hablarle con franqueza, mi teniente coronel?
—Se lo ruego…
—Mi teniente coronel, como oficial del Ejército español me limito a cumplir las órdenes que se me dan. Cuál sea mi opinión personal sobre esta guerra es asunto que considero irrelevante. Creo que es a nuestros gobernantes a quiénes habría que preguntarles cuál es el objeto de esta guerra. Yo, mi teniente coronel, lo desconozco.
—El contenido de su informe ha hecho reconsiderar al Gobierno de la nación y al mando militar en África la estrategia a seguir en esta guerra.
—Con el debido respeto, mi teniente coronel; según tengo entendido la Liga Africanista hizo llegar ese informe al Ministro de la Guerra, y lleva casi dos años encima de su mesa…
—No es ahora momento de enjuiciar la lentitud e inoperancia del Ministerio. Por mi parte ya he exigido las explicaciones pertinentes al subsecretario acerca de por qué no se han difundido con anterioridad las conclusiones de este informe.
—Eso es todo, Galán. ¡Ah!, se me olvidaba: me ha dado recuerdos para usted el general Serrano Orive... —comenta con irónica complicidad el teniente coronel Franco.
—Devuélvaselos de mi parte la próxima vez que hable con él, mi teniente coronel —contesta Galán frunciendo el ceño.
—¿Ordena alguna cosa más, mi teniente coronel?
—Nada. Puede retirarse.
—A sus órdenes, mi teniente coronel.
Galán, en posición de firmes, da media vuelta pivotando sobre el talón izquierdo y abandona el despacho del teniente coronel Franco.
 
 
 
Ceuta. Mayo de 1.925
 
—Fermín, ¿tomas algo? —pregunta el teniente Alberola.
—Sí, un café con leche.
—¡Ya está, Fermín el franciscano! ¡Pero tómate algo con sustancia! ¡Bah…! ¡Chico, ponle un copazo al teniente!
—Que no, Javier. No quiero una copa; no insistas.
—Bueno, bueno… No te sofoques.
Con Alberola están el capitán Murciano, el teniente Sandoval y el alférez Cañizares.  A Galán le asquea el ambiente de los bares y cantinas de acuartelamiento, que siempre trata de evitar. No obstante, muy de cuando en cuando se deja caer por allí para pulsar el ambiente.
El capitán Murciano,  un tipo atlético con aspecto de alemán, se dirige a Galán.
—Por cierto, Galán… Vaya la que liaste con tu informe… Se ha cambiado por completo la disposición de nuestras fuerzas en toda la zona, aunque, por fin, parece que con lógica y criterios verdaderamente profesionales. Los que mandan, como siempre, no tienen ni puñetera idea de lo que se traen entre manos pero disponen de todo y de todos como si fueran expertos. Y son expertos de… de nada.
—Ese informe, mi capitán, lo hice hace cosa de dos años, cuando estaba en la Policía Indígena. No entiendo por qué de repente le ha entrado al mando tanto entusiasmo con él.
—Yo, la verdad, he leído las conclusiones de tu informe y verdaderamente es muy bueno —tercia Alberola—. Dices cosas con mucho sentido común. Se ve que te has informado y que has pensado a fondo sobre todo ello.
—Pensar un poco de vez en cuando es algo que nos vendría muy bien a todos… —puntualiza Galán con ironía.
—¡Ah! El que piensa pierde, no lo olvides. ¿No te enseñaron eso en Toledo? —interviene el teniente Sandoval con su acidez corrosiva habitual.
—Por cierto, ¿habéis leído los periódicos de la Península estos días? —pregunta Galán llevando la conversación hacia otro terreno.
—¿Por qué lo preguntas? —interviene el capitán Murciano.
—Por lo de Millán Astray. En Madrid, en el Ministerio, no se habla de otra cosa.
—Algo me han comentado —añade Sandoval.
—¿Qué es lo que ha ocurrido? Yo no he oído nada —pregunta el alférez Cañizares.
—Pues nada —responde Galán dirigiéndose sobre todo a Cañizares—, que parece ser que hace unos días Millán Astray fue a dar una conferencia —dice esbozando una mueca irónica de extrañeza— en el Centro del Ejército y la Armada, en Madrid. Además parece ser que le habían propuesto para director de la Academia de Toledo después de su reciente ascenso. A la conferencia asistieron bastantes oficiales, sobre todo de Infantería y de Artillería, favorables al reforzamiento del papel de las Juntas de Defensa. Y cuando empezó a hablar Millán Astray armaron un revuelo de narices. Por lo visto empezaron a abuchearle y a patear; y creo que Millán Astray montó en cólera y se largó con cajas destempladas. Al parecer el Ministerio ha retirado la propuesta de nombrarle director de la Academia de Toledo.
—¡Caray! —exclama Sandoval agitando la mano.
—Pero ahí no queda la cosa —prosigue Galán—. Millán Astray ha escrito una carta al mismísimo Rey comunicándole su intención de causar baja en el Ejército porque dice que no puede ser eso de que existan dos poderes paralelos e incompatibles porque, según él, las Juntas representan un permanente desafío a la autoridad del Gobierno. Y, claro, se ha armado la de San Quintín. Ha habido plantes de oficiales, arrestos, gente a la que han obligado a pedir destino…
—Hombre, Galán, es que me parece que con eso de los ascensos por méritos de guerra se han hecho mangas y capirotes. No digo que no haya habido casos en los que los ascensos hayan estado más que justificados y merecidos, pero se ha ascendido a mucha gente que no lo merecía ni por el forro, y no es que quiera con esto justificar la actuación de las Juntas —opina el capitán Murciano.
—Yo creo, mi capitán, que todavía hay un asunto mucho más de fondo en todo esto —interviene, de nuevo, Galán—. Y es que, me pregunto, ¿qué narices hacemos los militares al frente del Gobierno de la nación? El Directorio militar no está trayendo mas que problemas al Ejército y dividiéndolo cada vez más.
—Eh, tú, no pluralices, Fermín, que yo no intervengo en el Gobierno, ni tú, ni este, ni este… —precisa Sandoval.
—Ya, pero la gente no lo percibe así—continúa Galán—. Tan sólo ven que un general está al frente del Gobierno después de haber dado un golpe de estado; que ha instaurado un Directorio militar y ha suspendido las garantías constitucionales;  y que el país está sin Parlamento; y en ese mismo saco meten a todo el Ejército. Y creo que no les falta razón para pensar así.
—Sí, pero es el propio Rey el que respalda esa… —trata de añadir Alberola.
—Bueno, señores… —corta en seco el capitán Murciano— Creo que esta conversación está discurriendo por derroteros poco convenientes, así que cada mochuelo a su olivo…
 
Galán pasea solo por el puerto de Ceuta mirando con curiosidad cómo las mujeres, sentadas sobre el hormigón del muelle, repasan las redes. Su cabeza es un hervidero de ideas confusas acerca de todo cuanto sucede no sólo en África sino, también, en la Península. A su parecer todo apunta a que el régimen del Dictador, y con él la Monarquía, están cavando su propia fosa. España, ese es su personal diagnóstico de la situación, hace ya muchos años que ha perdido el pulso y se ha quedado atrás del progreso que experimentan las naciones avanzadas. Los políticos caducos y los aristocráticos generales se empeñan en prolongar a toda costa la agonía de un régimen decadente cuando, precisamente, es la causa de todos los males que aquejan de muerte a la nación. Siente un profundo amor por su país, en el que tiene depositadas grandes esperanzas de regeneración y progreso. Pero, porque ama a España, precisamente, la quiere muy de otra manera a como la están liquidando los políticos monárquicos ayudados por los solícitos generales. Está convencido de que la falta de una revolución burguesa en España durante el siglo xix, como las acontecidas en la mayor parte de los países de Europa, la ha dejado postrada, retardada, empequeñecida, en una minoría de edad crónica, sin posibilidad de crecimiento y de progreso. Y ahora, el propio Ejército, del cual él forma parte, está sirviendo de guardián protector a un régimen que parece empeñado en impedir el resurgimiento de España de su modorra. Sabe, porque así lo ha podido comprobar, que muchos de sus compañeros de armas piensan como él. Ciertamente dentro de lo mejor del Ejército español está alumbrándose una nueva esperanza en terminar con ese estado de cosas. Está convencido, porque en ello coinciden todos los pensadores a los que ha leído durante su estancia africana y durante su convalecencia, de que sólo un movimiento revolucionario fuertemente arraigado en las bases de la sociedad civil será capaz de regenerar a la nación, rescatándola de la profunda decadencia en que se halla postrada. La solución no consiste en la intervención mágica de un cirujano de hierro, como preconizó Joaquín Costa; ni en que, como dijo Ortega y Gasset en su célebre artículo de El Sol, Hércules limpie los establos de Augías; El Ejército que ha tomado el poder dos años atrás no es el Ejército de la Regeneración, ni el que representan los jóvenes oficiales, llenos de entusiasmo y nuevas ideas, sino lo peor de aquél militarismo aristocrático y trasnochado del siglo pasado; los dos años ya transcurridos de Dictadura lo confirman. El Ejército español se ha convertido en una guardia pretoriana, y el Dictador, lejos de ser el mágico cirujano que se esperaba, ha demostrado ser un pésimo curandero, y su mano no acierta a dar con la herida.
Galán ha estudiado intensamente el pensamiento de Kant y de Hegel. Kant aporta claves importantes para la reconstrucción del Hombre, primero, y de la sociedad después. El Hombre se demuestra capaz de regir su propia vida conforme a imperativos éticos autónomos que él mismo ha de construir según el dictado de la Razón. De ahí nace la posibilidad de edificar una sociedad en la que el Hombre sea respetado no ya como un medio, sino como un fin en sí mismo. Hegel, por su parte, ofrece elementos importantes para interpretar las cuestiones políticas y sociales: la realidad histórica y social no es lo que debería ser; la realidad se opone radicalmente a lo que debe ser. Porque lo real, la realidad auténtica, es la realidad pensada, concebida transformadoramente en el pensamiento; y, por tanto, ante la realidad tal como se nos presenta, no cabe sino negarla, desdecirla. La realidad pensada, en cuanto que negadora de la realidad que vemos, debe acabar por imponerse. La Historia no es una sucesión de aconteceres —tal es la concepción burguesa de la Historia—, sino que se forja desde la realización, forzadamente si es preciso, de la realidad tal como el pensamiento la concibe. La Historia revela ser una permanente dialéctica, un constante combate entre la realidad tal como es y tal como queremos que sea… La nación toda —piensa Galán—, debe verse impulsada por una corriente de regeneración de todo cuanto está podrido en la vida política y social del país. Y debe ser el pueblo español quien, puesto en pie, lleve a cabo la tarea de reconstrucción. Galán cree verlo claro, pero ¿cómo poder abrir los ojos y el entendimiento a tantos ciegos y a tantos necios que se niegan a reconocer lo que es evidente?
Días atrás el chiflado de Alberola le había tocado para que se sumara a un golpe de fuerza detrás del cual, al parecer, estaba el general Queipo de Llano. Pretendían secuestrar al Dictador —que por aquellas fechas se encontraba en Ceuta— y exigir al Rey profundas reformas políticas y del estamento militar. Alberola le había asegurado que se contaba con un nutrido grupo de oficiales comprometidos para llevar a cabo el golpe. A Galán aquello le sonó disparatado y se negó a participar en aquella aventura no obstante la insistencia de Alberola. Está convencido de que detrás de tan descabellada idea no hay más que el inveterado enfrentamiento entre militares africanistas y peninsulares. Con eso —piensa—, tampoco se avanza nada ni se va a parte alguna.
 
Madrid. Julio de 1.925
 
En Madrid el mes de julio está resultando de un calor sofocante. La prensa se hace eco de lo que ya viene siendo la mayor preocupación en los corros callejeros y círculos de tertulia. Los acontecimientos de África tienen al país en vilo y al Directorio militar del marqués de Estella pendiente de un hilo.
Galán entra en el Ateneo, en la calle del Prado, con intención de hojear la prensa del día. Se sienta en uno de los confortables sillones de la sala de prensa de la planta baja con varios periódicos. Todos hacen referencia muy principalmente a la presencia del Dictador en tierras africanas. Algunos coinciden en afirmar el descontento de buena parte de los mandos militares en Marruecos, pues consideran un abandonismo vergonzoso la orden dada por Primo de Rivera de replegar las posiciones españolas en el Rif para, según dice, reorganizar más adecuadamente los efectivos. El Debate transcribe parcialmente un discurso pronunciado por el general Primo de Rivera días atrás en Larache. Galán se detiene para leerlo con especial atención:
 
…Continuamos la obra emprendida; pero siempre dispuestos y preparados a dejar el poder a los hombres civiles. Para ello se está formando el partido de La Unión Patriótica, que nada tiene que ver en su estructura con los viejos partidos. Estos hombres buenos, industriales, intelectuales y trabajadores serán los continuadores de nuestra obra. El día que les entreguemos el poder pediré al Ejército una sumisión absoluta y el reintegro a sus puestos. Yo me apartaré de la política, volviendo a mi querida función militar. Deseo que llegue pronto ese momento, y hasta tanto, continuaremos donde estamos…
 
Galán queda estupefacto después de leer el extracto del discurso. Queda claro que la intención de Primo de Rivera, contrariamente a lo que el propio general quiere hacer creer, es perpetuar las estructuras caducas de la Monarquía. No está satisfecho el general con haber cometido la atrocidad de complicar a lo peor del Ejército en la vida política del país, sino que, además, trata de asegurar, a toda costa, la continuidad de su disparate formando un partido político —y seguramente único— al estilo de los surgidos en Italia y Alemania, y cuya misión no parece ser otra que la de impedir la evolución posterior de la nación hacia un sistema plural y parlamentario. Ello supondrá, a no dudarlo, más décadas de retraso para España. A Galán le asquea muy especialmente el personaje del Dictador al que considera, aún reconociendo los méritos que le corresponden por haber acometido grandes empresas de construcción de nuevas y modernas infraestructuras para el país,  el principal responsable, después del monarca, del agravamiento de todos los males que aquejan al Ejército, de su desmoralización y su aburguesamiento, así como de la decadencia social y política del país. Además, la escasa habilidad del Dictador en los asuntos militares no ha hecho sino provocar una mayor y todavía más profunda división entre compañeros.
El malestar es patente no sólo en los ambientes políticos y en buena parte del mundo sindical —donde comienza a cundir un diáfano desacuerdo con el gobierno de la Dictadura protagonizado por el sindicato anarquista cnt—, sino que también en el seno del propio Ejército ha comenzado a formarse, muy principalmente entre la joven oficialidad, una opinión muy contraria al Directorio. Muchos oficiales han empezado a flirtear con grupos políticos de oposición, en su mayoría republicanos, y a formar un importante núcleo de disidencia dentro del colectivo castrense. De este modo, buena parte de la clase militar se muestra abiertamente desafecta al régimen del general Primo de Rivera, al tiempo que partidaria de un régimen constitucional y parlamentario. Pero, dado que el principal valedor del Directorio es el propio Rey, no tardan en considerar al régimen monárquico como el principal obstáculo para el cambio de rumbo. A esto viene a añadirse el agravamiento del ya tradicional problema de las Juntas militares cada vez más convertidas en un verdadero sindicato de la milicia, sobre todo en los Cuerpos de Artillería e Ingenieros. Para los jóvenes oficiales partidarios de un Ejército más profesional y moderno, y menos servil hacia la clase política, las Juntas constituyen un indudable freno a los abusos de poder y al comportamiento caciquil de políticos y generales monárquicos. Suprimirlas, por tanto, supone para ellos tanto como desterrar la mínima posibilidad de desmarcar al estamento militar del corrompido y decadente régimen monárquico.
Pero los jóvenes oficiales no encuentran otros apoyos que los que les brindan los grupos políticos y sociales de oposición al régimen, con los que llegan a establecer, muchas veces muy a su pesar, estrechos lazos. Para ambos queda clara la necesidad de hacer frente a un enemigo común: la Monarquía. Los clandestinos círculos republicanos y los ateneos se han convertido en un hervidero de subversión antimonárquica en los que conviven profesionales liberales, gentes de la Universidad, sindicalistas, políticos republicanos y militares contrarios al régimen del Directorio militar.
Está Galán leyendo los últimos triunfos de Paulino Uzcudun en las crónicas deportivas cuando aparecen en la sala de prensa dos habituales de la casa que toman asiento en los dos sillones que hay junto al suyo. Son Santiago Casares Quiroga y Javier Castro. Después de saludarse traban conversación.
—Entonces, capitán, ¿se encuentra usted en situación de disponible? —pregunta Santiago Casares, un abogado coruñés de ambición desmedida y aspecto enfermizo.
—Así es. Acabo de ascender y he venido a Madrid, donde vive mi familia, hasta que me den nuevo destino.
—Tengo entendido que su ascenso ha sido por méritos de guerra… Se habla mucho de usted por aquí, capitán —interviene Javier Castro, un joven abogado con porte aristocrático y de ideas republicanas—. Se dice de usted que es un hombre de acción y de ideas avanzadas…
—Hombre, todo el que haya pasado por el frente de África es, aún sin quererlo, un hombre de acción —contesta Galán tratando de desmitificar su imagen ante el abogado Castro—. Y en cuanto a que soy un hombre de ideas avanzadas… ¿a qué llama usted ideas avanzadas?
—No sé… Se dice de usted que es próximo al Socialismo… —añade Castro.
—¡Hombre, vaya! Le quedo muy agradecido por clarificarme cuáles son mis ideas, porque hasta este preciso momento lo desconocía —dice Galán con ironía—. Así que soy socialista…
Casares, inclinando la cabeza hacia atrás, por encima del respaldo del sillón, ríe con ganas la ocurrencia de Galán. Castro se siente molesto por la humorada del capitán, y ya no vuelve a despegar la boca en toda la conversación.
—Siempre he pensado que esta guerra está mal dirigida desde el principio —interviene Casares cambiando el tema de la conversación—; y a los hechos me remito. Silvestre, a quien tanto critica todo el mundo, me parece que fue el único que actuó con cierto decoro cuando lo de Annual, en 1.921, levantándose de un tiro la tapa de los sesos. Fue un hombre inútil e inoperante, falto de sentido común, es verdad, pero por lo menos tuvo el valor de ejecutar él mismo la sentencia que ya todo el pueblo español había dictado sobre él. ¿No le parece, capitán?
—Querido Casares, después de todo el tiempo que llevo en el Ejército cada vez estoy más persuadido de una cosa: los peores enemigos de España han sido siempre los generales. No le quepa duda.
Casares vuelve a reír complacido.
—Hoy, precisamente —prosigue Galán—, recoge la prensa lo ocurrido en Ben Tieb durante una comida ofrecida por la plana mayor del Tercio al general Primo de Rivera el día 19. Lo comenta Ruiz Albéniz en El Sol. Resulta que al final de la comida, a los postres, comenzaron entre los comensales del Tercio algunos murmullos, que fueron arreciando, contrarios a los planes de repliegue del general. Y entre las colgaduras y ornamentos que habían sido colocados para adornar el local, había algunos bastante evidentes en cuanto a sus intenciones. Uno de ellos, por ejemplo, decía: El espíritu de la Legión es de ciega y feroz acometividad. Al parecer el coronel Franco cruzó duras palabras con el general Primo de Rivera que a éste no le sentaron nada bien. Y es que el propio general había censurado días atrás un artículo de Franco publicado en la Revista de las Tropas Coloniales en el que ponía de chupa de dómine la política defensiva del Directorio en el Rif.
—Entonces, capitán, eso quizá pueda explicar las enigmáticas declaraciones del Dictador el otro día en San Sebastián… —añade Casares con un cierto aire de misterio, como para darse importancia y demostrar agudeza.
—¿Por qué? ¿A qué se refiere? —pregunta Galán.
—Vino a decir que en días pasados había tenido ocasión de escuchar de primera mano palabras leales y sinceras, aunque contrarias a su parecer, y que le habían llevado a modificar en parte su criterio… y no especificó con respecto a qué se refería esa modificación de su criterio.
—Pudiera tener algo que ver con eso… —añade Galán.
—Se dice que España y Francia preparan algún tipo de acción conjunta en la zona del Rif. De hecho la presencia de Petain y Primo de Rivera en Tetuán y en Ceuta estos días, y a la que tanta atención está prestando la prensa, parece confirmar esos rumores…—comenta Casares tratando de obtener de Galán alguna información de que éste pudiera disponer.
—Tenga en cuenta, Casares, que lo que tanto España como Francia desean es poner fin a esta guerra cuanto antes. Pero ambos países necesitan a toda costa un compromiso recíproco de que ninguno de los dos firmará separadamente un armisticio con Abd el Krim. Ello resultaría fatal para la parte que permaneciese sola en la contienda. El problema es que Abd el Krim lo sabe y por ello ha jugado hasta ahora con ventaja urdiendo toda clase de maniobras para enfrentar a los dos países, temeroso de la acción bélica conjunta de Francia y España que veía venírsele encima. La soberbia de estas dos naciones les ha hecho subestimar la inteligencia de este hombre al que la Historia terminará por reconocer como uno de los más sagaces líderes de este siglo. No le quepa duda. Tan sólo queda confiar en que Francia y España hayan, por fin, caído en la cuenta de ello, aunque quizá ya sea tarde. En todo caso, el acuerdo firmado por ambos en Tánger hace unos días servirá, al menos, para cortar el contrabando de armas que tan ventajoso le estaba resultando al caudillo rifeño.
Casares queda absorto mirando a Galán tras la lección magistral que, sin proponérselo, acababa de pronunciar. Puede verse que tras su análisis hay un concienzudo conocimiento del problema y un dominio absoluto de las cuestiones en juego. Le sorprende muy favorablemente esta faceta de Galán que le era por completo desconocida.
—Por cierto, capitán —dice Casares con un cierto tono de adulación—, creo que ha sido usted propuesto para la Laureada, ¿no es así?
—Sí, eso parece —dice Galán como restando importancia al asunto.
—Entonces, podemos decir que estamos ante un auténtico héroe nacional…
Aquella misma noche Casares anota en su diario:
 
… Esta tarde estuve en el Ateneo y mantuve una interesante conversación con Fermín Galán, el joven capitán del que me habló Guzmán[1]. Ya había cambiado con él algunas palabras en otras, muy contadas, ocasiones. Hoy, sencillamente, me ha deslumbrado, me ha fascinado. La claridad de sus exposiciones, el absoluto dominio de todo cuanto hace a la guerra de Marruecos, así como sus personales conclusiones denotan una inteligencia analítica y un razonamiento deductivo poco comunes en un hombre de su juventud. El impetuoso de Castro le ha calificado de socialista delante de sus narices y no ha parecido hacerle mucha gracia. Me ha parecido un punto presuntuoso. He de seguir muy de cerca la trayectoria de este hombre. Dará mucho que hablar en el futuro…
 
 
 
Tarragona. Agosto de 1.925
 
Tarragona, 15 de agosto de 1.925
 
 
Mi muy querida madre:
 
Hace ya dos días que me incorporé a mi nuevo destino en el regimiento Luchana 28. Después de varios años acostumbrado a tanta actividad como hay en el Protectorado, esto se me hace un poco aburrido. Lo cierto es que he perdido capacidad de acomodamiento a las rutinas habituales de la gente normal. En este regimiento parecen ignorar lo que está sucediendo en África, y eso que tan sólo hace seis meses que regresó uno de sus batallones que estaba allí destacado. Diríase que estoy en otro Ejército completamente distinto, tales son la inactividad y la desidia que aquí reinan. Acaba de llegar destinado para mandar el regimiento un nuevo coronel, Domingo Batet, y por lo que he podido hablar con él parece un hombre de ideas claras y dispuesto a poner todo este caos en orden. Por lo demás, te cuento que estoy acomodado en una casa de huéspedes de la ciudad, muy cerca del cuartel, y he ocupado dos habitaciones con sendas camas para cuando quieras venir a pasar unos días. Entretanto, una de ellas la utilizo como habitación de estudio y en ella he instalado mi biblioteca que ya va siendo cada vez más voluminosa; ¡dentro de poco no sé dónde voy a meter tanto libro!
La ciudad no tiene nada de particular y, desde luego, comparada con Madrid es nada. El otro día recibí carta de Paco. Me cuenta que la pequeña va creciendo por días. También lo de la neumonía de Marcela, que yo ignoraba, pero me ha tranquilizado mucho lo que me cuenta de que los médicos aseguran que ya está fuera de peligro. En esta ciudad hay pocas cosas que hacer, de modo que estoy aprovechando el tiempo para estudiar y leer con verdadero aprovechamiento.
Me apenó mucho dejaros a ti y a José María otra vez solos en Madrid, pero ambos os haréis mutua compañía. Dile a José María que no trasnoche tanto, que no es bueno ni para el cuerpo ni para la mente. Y tú, cuida tus varices; ya sabes que te conviene andar mucho, y mira la ocasión de tomar baños en Alhama, que ya sabes te sientan siempre muy bien.
Me acuerdo mucho de vosotros y espero veros muy pronto. Con todo el cariño de tu hijo,
 
Fermín.
 
 
 
Barcelona. Septiembre de 1.925
 
El día 8 de septiembre los esfuerzos militares combinados de España y Francia, tras los acuerdos alcanzados meses atrás, hacen posible el desembarco de las tropas españolas en la bahía de Alhucemas. El general Primo de Rivera, a bordo del acorazado Alfonso XIII, junto al general Sanjurjo, que dirige la operación, observa los progresos de los navíos españoles y de las tropas en su desembarco. La vanguardia del avance terrestre es encomendada al coronel Franco, jefe del Tercio, tras la cual se despliegan las tropas al mando del coronel Goded, ambas bajo la cobertura de la aviación española y de las dos escuadras aliadas. El total de fuerzas desplegadas suman, entre las dos brigadas que intervienen, más de nueve mil hombres. La operación se lleva a cabo con gran maestría y destreza. Los más optimistas piensan que el éxito fulgurante de Alhucemas allanará el camino para afianzar al régimen del Dictador al tiempo que pondrá fin al problema militar, es decir, cerrará las brechas y disensiones existentes entre sus cuadros de mando y, sobre todo, entre la joven oficialidad. No va a ser así. La descomposición y desintegración del Ejército sigue extendiéndose, irrefrenable, como una incurable gangrena que amenaza la salud de todo el cuerpo. La incapacidad del Dictador en abordar con acierto el problema no hace sino empeorar las cosas.
Tras la victoria de Alhucemas, Primo de Rivera cree llegada la ocasión propicia para sustituir el Directorio militar por un gobierno de civiles. También esta decisión es ocasión de nuevas disensiones y enfrentamientos entre los cuadros de mando del Ejército. Pero el Dictador aprovecha también la coyuntura del éxito en Marruecos para acometer una empresa arriesgada: la supresión de los particulares estatutos de ascensos en los Cuerpos de Artillería e Ingenieros que excluyen los debidos a méritos de guerra. La sola mención de la intención hecha por el general corre como la pólvora dentro de ambos Cuerpos, cundiendo gran malestar entre sus filas. Primo de Rivera terminará, en esta ocasión, por no llevar a cabo la medida, pero se ha granjeado con ello la enemistad de los ingenieros y artilleros, que comienzan a mostrar, ya abiertamente y sin discreción alguna, su hostilidad hacia el Dictador.
 
El día 8 de septiembre Galán marcha a Barcelona con la intención de interesarse  por  una vacante de capitán en el regimiento Alcántara número 14. Al mando del regimiento está el coronel Garcerán, recientemente destinado a Barcelona, procedente de la División de Personal del Ministerio, y a quien conoce desde hace años. Galán tiene gran interés en obtener destino en la capital catalana pues sabe que es en Barcelona donde se están organizando los principales núcleos militares contrarios a Primo de Rivera, y allí, además, es notable la actividad clandestina de los grupos políticos de oposición. Por otra parte, tendrá la posibilidad de contactar con los círculos anarcosindicalistas cuya ideología empieza a reclamar su atención.
Galán aprecia sinceramente a Garcerán, quien siempre le ha dispensado un trato afable y cordial. No obstante, le resulta un poco ceremonioso en sus maneras; siempre pensó que habría hecho un buen papel como obispo de una diócesis, con sus ademanes curiles. Galán llama a la puerta del despacho del coronel Garcerán.
 
—A las órdenes de Usía., mi coronel. ¿Da usted su permiso?
—Adelante, adelante, Galán. ¡Cuánto bueno por aquí! —dice Garcerán levantándose de su mesa de despacho y dirigiéndose a saludar a Galán—. Siéntese, capitán.
—¿Cómo va todo por aquí, mi coronel? Se incorporó hace sólo dos meses al mando del regimiento, ¿no es así?
—Ciertamente, ciertamente… —contesta Garcerán con su habitual afectación mientras se frota las manos—. De momento tomando contacto con la situación, analizando el estado de las unidades y viendo la necesidad de algunos cambios…
—Claro, comprendo —contesta Galán—. Pero ya está usted, mi coronel, al mando de un regimiento como era su deseo.
—Ciertamente, ciertamente, Galán, dice usted bien. Acariciaba la idea de poder tener mando efectivo en un regimiento y, por fin, así es… Bueno, ¿qué le trae por aquí?
—Verá, mi coronel. Como usted sabe ha salido publicada una vacante de capitán en este regimiento y me interesaría poder venir destinado a Barcelona

CONTINUARÁ....

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Comentarios El capitán de Jaca. La verdadera historia de Fermín Galán

Hola Ignacio, de casualidad he llegado aqui navegando por la red.Soy de Jaca y mirando cosas sobre mi historia he visto he conocido esto.Me gustaria saber si has hecho mas sobre esa novela, que por cierto , de momento me encanta , ya me diras si la has acabado o por lo menos la continuas.
Animo y un saludo
Toño Toño 27/02/2010 a las 16:09
Toño,
agradezco tus comentarios. Si eres de Jaca, entonces te resultará algo conocido el personaje protagonista de la historia: el capitán Fermín Galán. La novela está ya terminada. Si me dejas tu dirección de correo (mail) te la envío en un archivo Word.
Un fuerte abrazo.
nacho
Hola Ignacio
He empezado a leer tu novela y me está gustando. Te quería preguntar hasta que punto la imaginación del escritor ha añadido datos a la historia o ha sido fiel. Es comprensible que al escribir una novela histórica, el autor añada  de su "cosecha" para llenar huecos y para dar ritmo a la historia, pero como historiador tengo curiosidad por el periodo y buscando información sobre una novela del General Mola sobre Marruecos he dado con tu blog.  Por otra parte ¿Serías tan amable de enviarme tu novela? GRacias y felicidades por la novela.
Paco
pasenjoo@hotmail.com
paco paco 13/05/2010 a las 22:17
Hola Nacho.
Buscando el titulo de la novela que escribió Fermin Galán LA BARBARIE ORGANIZADA encontré tu blog. Estoy interesado en leer tu novela, si es posible te agradecería que me la enviaras. 

Por si te interesa tengo en archivo pdf, una conferencia que encontré en la red sobre Fermín Galán. El autor es militar e historiador y recientemente publicó un libro de historia de los primeros años de La Legión.

Un saludo
Javier Sánchez
jasangato@yahoo.es  
Javier Sánchez Javier Sánchez 14/12/2010 a las 16:33
Era un niño de corta edad que, todavía recuerda las escarapelas que nos ponía nuestros padres con los colores colorado, amarillo y morado de la República Española. El imperecedero recuerdo que guardo de a aquellos años, las canciones y los romances, las visitas de la hija de Galán donde era invitada como símbolo viviente de la República, y que pesen a los muchos años transcurridos, no han podido borrar el recuerdo del trágico fin de los Capitanes Fermín Galán y García Hernández. Tengo su novela la Barbarie Organizada. Novela del Tercio y, recientemente, buceando por la hemeroteca del ABC un artículo: CONCESIÓN DE BENEFICIOS A LAS FAMILIAS DE LOS CAPITANES GALÁN Y GARCIA HERNÁNDEZ.... dado en Madrid, a 15 de abril de 1931. El presidente del Gobierno provisiona de la República.
Hoy, por esos caprichos de internet, conecto con su página para rogarle (usted ya lo sabe) a quien tengo que dirigirme para la adquisición de su libro, por cierto muy bien logrado, para previo pago de su importe, incluido gastos de envío, saber el punto mas acertado para su compra.
Un saludo
Miguel Espinosa
Espinosa Segovia, Miguel Espinosa Segovia, Miguel 06/02/2014 a las 18:49
Me gustaria conocer el nombre de una novela de Galan que compre en laCoruña en el año 1976 en La libreria Arenas y que preste a una persona que ya no me devolvió.
La novela incluía una aventura amorosa de Galán en Jaca,
Te agradecería me dieras información de la citada novela para poder comprarla o tener acceso a ella
Un saludo
felipe sanchez cruzat felipe sanchez cruzat 03/06/2014 a las 09:23
Mi abuelo estuvo en Jaca con Galán, yo estoy escribiendo su historia, y esa época me queda completamente en tinieblas. Justo cuando llega a Barcelona, tu historia se interrumpe. Cómo puedo leer la historia completa, por favor?
Lola Delgado Lola Delgado 30/06/2015 a las 23:23
estoy escribiendo un trabajo, que espero publicr sobre la sublavacion de Jaca y navegando he llegado a su blog. Me ha encantado la novela y me gustaria comprarla.
¿Me podria indicar donde y como?
Reciba un cordial saludo de Alfredo Carralero
telf 699471820
Alfredo Carralero Alfredo Carralero 17/08/2016 a las 14:16

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