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Carta al abad del Valle de los Caídos

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Dom Anselmo A. Navarrete
Abad de la Abadía benedictina del Valle de los Caídos
Carretera de Guadarrama/El Escorial
28209 VALLE DE CUELGAMUROS (MADRID)
 
 
Madrid, a 14 de diciembre de 2.005
 
 
Muy Sr. mío:

He tenido ocasión de leer el artículo firmado por Ud. y que, bajo el título “Aquí no hubo lugar para la discriminación”, publicó el semanario católico Alfa y Omega en su edición  del pasado ocho de diciembre, y que, de su primer párrafo, puede deducir se se trata de una transcripción de la plática pronunciada en el propio templo del Valle de los Caídos con ocasión del funeral conmemorativo del aniversario del fallecimiento de Francisco Franco, ocurrido hace ahora treinta años.

No es mi propósito valorar sus afirmaciones desde una óptica política crítica del franquismo. La política, al menos en su versión de confrontación ideológica, no me interesa lo más mínimo. Tengo para mí que las ideologías, en general —y las ideologías políticas, de manera muy particular—, se ofrecen como sistemas cerrados (y, por tanto, incompletos y excluyentes) que aseguran tener solución para la totalidad de las cuestiones que hacen al hombre en cuanto que ser social; de hecho, lo que menos fiables me las hace es que tienen respuesta para todo; hasta para aquello para lo que no hay respuesta alguna. Las ideologías, en fin —Hegel y Nietzsche disiparon las últimas dudas que pudieran quedar al respecto—, pretenden suplantar la realidad, tal como es en sí misma, por una realidad desvirtuada según es percibida y pensada por alguien que, finalmente, la presenta a los demás para evitarles la molestia de pensar y experimentar por sí mismos.

Por otra parte, su escrito no parece tener una intención dirigida por ideología política alguna, por más que comience glosando el recuerdo de un hombre de estado que, según él mismo dejó escrito en su testamento público, trató de ejercer su ministerio político desde una concepción cristiana de la vida a la que dijo querer haber servido en toda ocasión.  En cualquier caso, insisto, mi reflexión no pretende valorar sus palabras desde consideraciones políticas que, por lo dicho, no me interesan, sino que, más bien, nace del ánimo de cotejarlas con mi propia —y, por eso mismo, limitada— experiencia como persona que se siente fascinada por la persona y la vida de Jesús de Nazaret.

Destaca Ud., al comienzo de su escrito, la construcción del Valle de los Caídos como exponente que resume el espíritu de Francisco Franco “como hombre y como cristiano”.  No soy yo quién, desde luego, para enjuiciar el espíritu cristiano de nadie, pero no puedo ocultar que  se me hace difícil comprender cómo una construcción como  la del templo de Cuelgamuros, en sus dimensiones y en su estética, pueda ser representativa del seguimiento al carpintero de Nazaret. La majestuosidad sobrecogedora del templo, cuyos contornos de roca viva pueden verse a gran distancia coronados con una cruz descomunal, se me aleja de la sencillez de Jesús y de su mensaje; la iconografía de la cúpula, maravillosamente compuesta con millones de teselas, pero evocando un firmamento constelado de banderas victoriosas y ejércitos triunfantes que se rinden ante un pantocrátor; los enterramientos predilectos, al pie del presbiterio; el signo de victoria, traído de la vieja simbología universitaria, pero aquí utilizado para representar una victoria muy distinta del triunfo académico en la obtención de grados; todo ello, en fin, me habla más del César que del Padre del que nos habló Jesús; me habla más de un Dios de buenos y malos, de vencedores y vencidos, que de un Padre que ama a todos sus hijos por igual, sin distinción; y me habla más del festín que creyó merecer para sí el hermano "bueno" del pródigo --cuando éste regresó a la casa del padre, de quien no recibió un sólo reproche--, que del abrazo tierno, cálido y enorme con que el padre recibió de nuevo en casa al hijo al que jamás dejó de querer ni un solo instante.

Los que Ud. dice son “los símbolos más eminentes de la historia española y europea”, aparecen maridados en esta sobrecogedora mole arquitectónica con otros que han sido y son, por  el contrario, para muchos, símbolos que evocan el recuerdo de la confrontación y el odio entre españoles. La Guerra Civil española fue muchas cosas; incluso hoy, todavía, no hay acuerdo en cuanto a quién arrojó la primera piedra. Pero, en todo caso, fue un claro ejemplo de lo que puede llegar a provocar la sinrazón del odio entre hermanos, la necedad del entendimiento humano que nos lleva a matar al distinto —como hicieron ambos bandos en la contienda —, y la reducción de la compleja realidad del hombre a una maniquea asimetría de buenos y malos.  Para mí, como cristiano, la evocación que de la Guerra Civil ofrecen algunos de los elementos ornamentales del Valle de los Caídos, supone la utilización interesada de los símbolos del cristianismo al servicio de una misión que poco --o mas bien nada-- tuvo que ver con la construcción del Reino. No alcanzo a entender qué pueda haber del Evangelio de Jesús en una cruz, una basílica, un altar y un monasterio construidos por las manos, prisioneras, de los vencidos. Y, más aún: pensar que la media España de los vencedores era el bando "de los constructores del Reino" es, a lo que me parece, cuanto menos, atrevido. Por más que los vencedores enarbolaran los símbolos de Cristo, invocaran el nombre de Dios como fundamento de su causa, o rindieran sus armas y cañones ante los altares --con bendición episcopal brazo en alto incluida--, de ello no se sigue que su victoria pueda ser entendida como el triunfo de la buena noticia proclamada por Jesús de Nazaret. El horror incontestable de los miles de asesinatos de religiosos, religiosas y creyentes cometidos por el bando de los vencidos, evidencia la irracionalidad de un odio antirreligioso metido hasta los tuétanos. Esto sin duda. Pero lo que cabe preguntarse, no obstante, es hasta qué punto la religión que decían defender los vencedores era portadora de la verdad  liberadora del Evangelio de Jesús. O, dicho de otra manera: que en España se manifestó un odio antirreligioso antes y durante la contienda, es algo de lo que no cabe la menor duda; que aquella religión, en su práctica, encarnase el Reino de Dios que Jesús anunció, es otra cuestión bien distinta. Recuerdo, a este propósito, una obra de teatro de José Luis Martín Descalzo —no recuerdo, sin embargo, su título— en la que el autor interpreta a su manera el episodio bíblico del cántico de Moisés, cuando, tras haber cruzado el pueblo de Israel el Mar Rojo a pie enjuto, Moisés danza en acción de gracias a Yaveh por haber abierto las aguas permitiéndoles el paso, y por haberlas cerrado de nuevo al paso del faraón y sus ejércitos, que perecieron en ellas. Pues bien, en el preciso momento en que el profeta entona el canto de gratitud a Dios, se abren los cielos y se escucha la voz de Yaveh que le recrimina: —¡Calla, necio; Faraón también era hijo mío!

Decir que el Valle de los Caídos "evoca la memoria de todos aquellos que inmolaron sus vidas por la causa de Dios y de España”, es decir mucho y, acaso, no medir con justeza lo que se dice. ¿Es la causa de Dios —me pregunto— la misma causa de los vencedores de la Guerra Civil española? Y la pregunta, desde luego, no es ociosa, porque ¿fue la causa de los vencedores la causa de los pobres de espíritu, de los mansos, de los afligidos, de los que tienen hambre, de los misericordiosos, de los limpios de corazón, de los que construyen la paz, de los tratados injustamente, de los oprimidos? ¿Fue la causa de los vencedores la causa de la dignidad de los desheredados de la fortuna y de los marginados? Ésa es la cuestión. Yo —no lo oculto– tengo más que serias dudas al respecto. Como, asimismo, serias dudas me ofrece considerar que el Valle de los Caídos sea el monumento a una reconciliación y no a una victoria, cuando los símbolos de la batalla y de la victoria de las banderas de la media España vencedora sirven, junto a un Cristo pantocrator, de firmamento bajo el que se oficia el misterio de la Eucaristía.

Cuando los hombres llegan al punto de silenciar sus voces para dirimir sus diferencias con las armas, Dios no puede tomar partido en favor de ninguno, porque Dios siempre está de parte de todos los hombres, sin exclusión. Siempre que he oído a alguien decir, frente a otros, “Dios está con nosotros”, no he podido evitar recordar a quel pasaje del Evangelio en el que se nos cuenta cómo un fariseo se gloriaba en el templo dando gracias a Dios por no ser tan pecador y despreciable como ese publicano que oraba a pocos metros de él. De Dios no sé apenas nada; tan sólo sé que es Amor, que ama a todos los hombres —a todos—, lo mismo a justos —y sólo Dios sabe quién es justo— que a pecadores, porque —Jesús así nos lo dijo—, Dios es un Padre amoroso. “Soberano de los señores”, “Rey de Reyes” y “Rey del Universo”, atribuidas al Padre del que me habla Jesús, son categorías que me resultan casi ininteligibles. La majestuosa monumentalidad del Valle de los Caídos parece hablarnos de un Dios embutido en formas de poder y omnipotencia.

A mí también me enseñaron a Dios desde esos mismos conceptos. Y he de confesar que me fue muy difícil desembarazarme de esas categorizaciones acerca de Dios —nacidas de enfoques teológicos más propios de otros tiempos—, para abrir mi entendimiento a la sorpresa de un Padre que me ama sin condiciones y —he aquí el misterio del Misterio—, haga yo lo que haga. Y que me ama desde el absoluto respeto a mi libertad y, sobre todo, desde la concreta experiencia de un hombre —su Hijo— que trató de explicar nos con su vida que, para el Hijo de Dios, no hay otra majestad que la del servicio a los hombres, ni hay otro poder que el del amor a los despreciados. Hablar de Dios con términos que nos refieren formas terrenas de dominación y poder —ya lo dijo Tomás de Aquino—, es achicar la inmensidad incomprensible del Misterio a la altura de nuestras cortas entendederas. El único poder que yo percibo en el Dios de Jesús es el que nace de un amor enteramente libre e incondicionado, y que, por ello mismo, no se resiste al mal. Por otra parte, decir que “el que es Cabeza de la Humanidad tiene el derecho a ser reconocido por los príncipes y las instituciones de este mundo”, es como reclamar para el Sol el derecho a brillar con el beneplácito de los hombres. Dios no es alguien extraño a la naturaleza humana. A Dios lo encontraremos siempre enredado en las entrañas de lo humano, y no pugnando por el reconocimiento de un derecho a ser reconocido como “Rey” o “Soberano”, sino a ser encontrado vivo y presente en el otro, en los otros.

Yo no sé cuál es el orden moral de Dios; lo desconozco. Ni tan siquiera sé si Dios tiene un orden moral. Moral viene de la palabra latina mos, que significa costumbre, y más bien parece, por ello mismo, referida a los usos de los hombres devenidos en norma que a un orden preestablecido por la misma naturaleza de las cosas. Pero sí, desde luego, conozco el daño y el sufrimiento que gratuitamente se ha causado a muchas personas por causa de una moral que, aunque construida y articulada por hombres, ha querido ser elevada por aquellos que la administran a la categoría de Ley divina. No quiero creer que para los cristianos exista otra moral ni otra ley que la del Amor. El “orden moral”, los “cimientos de la sociedad”, los “fundamentos y elementos básicos de nuestra nación", “el patrimonio espiritual de España”, “los códigos divinos”... he de confesar que no sé qué cosa son; tampoco me preocupa demasiado no saberlo. Quizás sean cosas todas ellas importantísimas. Tan sólo sé que mi corazón —que es corazón de hombre— y todo mi ser, se conmueve cuando se sabe amado y querido por quien hizo de los que sufren sus amigos predilectos. En mi vida —y por razones que no vienen al caso— ha habido mucho sufrimiento. Pero sólo desde la indigencia del sufrimiento he llegado a comprender que únicamente desde el amor he podido reconocer al hermano en el otro. Sólo desde el amor podemos llegar a comprender que el otro no es alguien que disputa el poder a Dios o a no sé qué códigos divinos; que el otro no es alguien que se dedica a derribar fundamentos nacionales o a malbaratar patrimonios espirituales, sino que desde el amor —sólo desde el amor— podemos llegar a entender que al otro —lo mismo que a mí—, lo que le sucede es que vive y actúa desde su sufrimiento y desde sus heridas, de las que, seguramente, yo sea en parte responsable.

Por ello, en vez de vivir instalado en la protesta y el reproche contra quienes  amenazan no sé qué pilares fundamentales de la nación o no sé cuáles convicciones morales, prefiero salir en busca del otro para mostrarle mis heridas y hablarle desde mi sufrimiento; para que él me muestre, también, las suyas y me hable desde su sufrimiento; para poder reconocernos, en fin, hermanos, amados por un mismo Amor y llamados a la misma plenitud. Porque, por lo que llevo vivido, entre los hombres no hay otros pilares fundamentales compartidos que la indigencia del corazón en la que todos podemos —si somos honestos— reconocernos, y de la que arranca siempre la reconstrucción del hombre. Sólo desde ahí —y no desde el reproche o la regañina— podremos encontrarnos.

Atentamente,
 
 
Ignacio Sánchez Tapia

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