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El Patio de las Escuelas [proyecto de novela].

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De cómo llegué a la ciudad de Salamanca

Cúmpleme presentarme, que de bien nacidos es hacerlo, y yo, que por tal me tengo, no acostumbro a dejar de hacer lo que mi condición exige. Diego pusiéronme por nombre mis señores padres, hijos ambos de Castilla. Los apellidos de Valdivia y Orellana de ellos heredé. En el año de nuestro Señor de mil quinientos y veintiuno, principiadas las tristemente célebres Revueltas de las Comunidades, mi señor padre, que don Fernando de Valdivia se llamaba, movido por el grande amor que profesaba a la Castilla de su linaje, tomó partido por la causa de la Junta Santa, que reputaba justa, pues, a su decir, no era la tierra de sus ancestros para ser mal gobernada por extranjeros ni advenedizos que, a más, venían en hacer a las espaldas del emperador cuanto les venía en gana como desleales súbditos que eran. Y así alzó mi señor padre armas, del lado de don Juan de Padilla, contra tal estado de cosas y así poder devolver el gobierno de Castilla a los prop,ios castellanos bajo el mando de su emperador. Mas falta por entero a la verdad quien diga desleales a quienes por tal causa pelearon, que no fueron los caudillos de la revuelta traidores a su emperador -como algunos piensan y dicen-, pues movíales la sola voluntad de poner término a los abusos y afrentas sin cuento que aquellos extranjeros, flamencos en su cumplida mayoría, habían hecho a la vieja Castilla estando della ausente el emperador. Mas, perdida su causa en los campos de Villamar, fueron muertos por decapitación aquellos grandes caudillos, y dispersáronse sus huestes por toda Castilla, y hasta por las tierras de León, Aragón y Navarra. En el año siguiente habría de regresar a Castilla el emperador, y grande fue entonces su indulgencia, que tuvo no ya por suficiente sino excesiva la muerte de los jefes principales de la revuelta, de modo que mandó no se molestara ni persiguiera más a nadie que hubiera tomado parte en ella. Y es del modo que acabo de referir la cabal verdad de cuanto hace a los propósitos de quienes por el bien de Castilla y aun del imperio pelearon como buenos, y del recto y generoso proceder que para con ellos tuvo el emperador desde que llegó a saber de lo sucedido.

Marchó, entonces, mi señor padre a la ciudad de Sigüenza en el año de mil quinientos y veintidós. Y fue en esa noble ciudad que vi la primera luz un día del mes de julio del año de nuestro señor de mil quinientos y cuarenta, y en ella fui criado. Mas ahora, cumplidos ya mis setenta años, considero, con la distancia de los años y el discernimiento que mi ancianidad confiere, que tanto mejor me hubiera sido -pienso en ello con pertinaz frecuencia- haber quedado en la casa paterna apacentando rebaños y aplicado a la labranza, antes que haber ido a dar con mi persona -por merced de su Ilustrísima, don Alipio de Quesada, obispo que fue de Sigüenza-, en la vetusta Salamanca del estudio, la erudición y las letras.

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