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Una primera aproximación a la Teología de la Liberación

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Ignacio Sánchez Tapia
 
Existe una enorme confusión en cuanto a qué cosa es la Teología de la Liberación. Durante el pontificado de Juan Pablo II se ha escuchado con insistencia esta expresión (Teología de la Liberación) que los teólogos oficiales de la Iglesia —con el cardenal Joseph Ratzinger a la cabeza— asocian con una “desviación peligrosa” de la doctrina oficial católica hacia posiciones demasiado en contacto con el pensamiento de la izquierda política de raíz marxista.
Pero, ¿es esto cierto? ¿Es, en verdad, la Teología de la Liberación una manipulación política del mensaje cristiano para ponerlo al servicio de ideologías revolucionarias que nada tienen que ver con él? ¿Es cierto que los postulados de la Teología de la Liberación han de desembocar, necesariamente, como alerta la jerarquía católica, en una adulteración del cristianismo?

Veamos que hay de cierto en todo ello. Intentaremos explicar con la mayor concisión posible qué es la Teología de la Liberación y qué incorpora como novedoso al anuncio del mensaje cristiano en el mundo de nuestros días.

La Iglesia, desde sus comienzos, ha hecho del anuncio del Evangelio[1] de Jesús al mundo su principal tarea, su razón de ser. Pero, ¿qué es el Evangelio? Dios ha hablado al mundo, también, a través de un hombre concreto —Jesús de Nazaret—, que nos ha dicho que se puede vivir de otra manera a como lo hacemos; que existe otra forma de vivir, libre del miedo que nos atenaza a lo largo de toda nuestra vida. Porque el miedo a la muerte —no sólo a la muerte física, sino también a la muerte “óntica”[2], es decir, a ser marginado por los demás, a ser tenido por nadie en la sociedad, a ser un “perdedor” en medio de un mundo que ha hecho del éxito un valor absoluto— es, para Jesús, la raíz de todo mal, la causa primera del egoísmo humano, y lo que ha provocado que los hombres hayamos construido un mundo lleno de injusticia y tan poco habitable como el que tenemos.

Para Jesús, por tanto, es el miedo a morir lo que nos hace vivir como náufragos desesperados que buscan salvar el pellejo a cualquier precio, aún a costa de los demás si es preciso. Si para no morir (es decir, para no ser apartado, para nos ser despreciado por la sociedad, para no perder mi trabajo, para mantener mi posición y mi estabilidad económica, etc.) es preciso pisar a los demás, machacar al otro, no me queda otro remedio que hacerlo, pues de ello depende mi supervivencia. Por tanto —dice Jesús—, mientras ese miedo a la muerte, a morir, nos atenace, no seremos libres, sino esclavos de nosotros mismos y de los demás[3]. Pero, ¿cómo liberarnos de ese miedo a la muerte?, ¿cómo deshacernos del poder que tiene sobre nosotros? Y aquí radica lo que de verdaderamente revolucionario hay en el mensaje cristiano: sólo el Amor puede vencer a la muerte. Porque mientras que el odio se alimenta de miedo, el amor se nutre de libertad, de desapego. Por eso, precisamente, el Amor es eterno, imperecedero, indestructible; porque sólo quien se libera del miedo —y todo miedo es, básicamente, miedo a morir en todos los sentidos— es verdaderamente libre. Porque quien ha amado, como dijo el poeta, cuando muera “será polvo, mas polvo enamorado”. El Amor, lo dijo San Pablo, “no acaba nunca”, es decir, hace inmortal al hombre, inmortaliza su esencia. Y esta es, básicamente, la buena noticia (evangelion, evangelio) que anuncia Jesús de Nazaret. El Amor, por tanto, es lo único que puede transformar al hombre y al mundo, rompiendo con ello la inercia de las cosas. En eso consiste, precisamente, la salvación: en romper el círculo vicioso, cerrado, de la muerte.
Y éste es —o debe ser, al menos— el mensaje de la Iglesia; porque esto es el mensaje de Jesús, el mensaje cristiano. Sucede, sin embargo, que esto que acabo de explicar con palabras perfectamente comprensibles para el hombre de hoy, fue perdiendo su inteligibilidad a lo largo de los siglos, acaso porque la propia Iglesia fue perdiéndose entre espiritualidades y piadosismos que fueron desnaturalizando y desdibujando lo esencial del mensaje. Y así la Iglesia terminó por hablar de “salvación” en claves inentendibles y completamente disociadas de la realidad concreta de la vida del hombre y de su drama existencial cotidiano. Desde los primeros siglos, el anuncio del mensaje cristiano, sobre todo al entrar en contacto con el mundo griego, utilizó los conceptos y categorías de la filosofía helénica para así entrar en diálogo con el ámbito cultural en el que intentaba penetrar y hacerse comprensible.

La Teología cristiana, en esencia, no es más que la reflexión acerca del mensaje de Jesús utilizando para ello el método filosófico. Es decir, la Teología reflexiona acerca del Dios de Jesús de Nazaret con las herramientas de la filosofía. Pero si durante los primeros siglos del cristianismo la filosofía griega (de Platón, principalmente) fue la herramienta que utilizaron los teólogos para hacer Teología, el mundo de hoy, nuestro mundo, ha experimentado importantes cambios desde entonces, de manera que la filosofía griega no es ya la herramienta adecuada para hacer Teología. Hoy tiene que hacerse Teología desde las claves de la filosofía de nuestros días, en diálogo con ella.
Y sucede que el método sobre el que se ha desarrollado toda la reflexión filosófica contemporánea no es otro que el del “materialismo histórico” de Karl Marx. La filosofía marxista es, por tanto, el fundamento de toda reflexión filosófica y de todo análisis de la realidad en el pensamiento contemporáneo. Lo mismo sucede en el campo de las ciencias con Newton. Cualquier planteamiento científico en nuestros días debe fundamentarse, necesariamente, en la ley de la gravitación universal formulada por Newton; de otro modo no sería posible hacer ciencia. Pues bien; sucede lo mismo con la reflexión filosófica y el marxismo. Hoy no es posible reflexionar en clave filosófica y analizar la realidad social sin partir del análisis del materialismo dialéctico o histórico de Karl Marx.
La Teología de la Liberación entiende esto perfectamente y, por ello, realiza toda su reflexión teológica en diálogo con la filosofía marxista, es decir, basándose en el análisis de la estructura económica y social que se desprende del método marxista. Si queremos que el Evangelio trasforme al hombre y al mundo, tenemos que conocer cómo están “construidos” el hombre y la sociedad que han de ser transformados. La Teología de la Liberación es eso, precisamente: un intento de analizar cuáles son y cómo funcionan los engranajes, las tripas, del hombre y de la sociedad que han de ser transformados por el Evangelio. Y para esta tarea toma de Marx el método, la herramienta de análisis y reflexión.
El método marxista de análisis de la realidad social parte de un meticuloso repaso a toda la Historia de la Humanidad en el que descubre que a lo largo de todos los cambios habidos en la Historia, se descubre, sin embargo un elemento común que siempre está presente y nunca desaparece: la economía (el dinero) es lo que decide la estructura social; y la concreta posición que cada hombre ocupa con respecto al dinero (capital y trabajo) es lo que determina su suerte en la vida. Este es el diagnóstico que se desprende del análisis marxista de la realidad histórica. Y si el Reino de Dios que Jesús anuncia es, ante todo, justicia[4], para hacerlo posible es preciso transformar, cambiar las estructuras económicas, sociales y políticas generadoras de injusticia, desigualdad y opresión. Porque también Jesús actuó y vivió en la Historia, y no fuera de ella. Hay que, por tanto, redescubrir al “Jesús Histórico”, hombre concreto que vive en un concreto momento de la Historia de la Humanidad en el que anuncia su mensaje de liberación, para así poder comprender la realidad histórica de nuestros días y poder anunciar en medio de ella el mensaje de Jesús y hacerlo comprensible. Se trata, en fin, de anunciar al Jesús que tiene algo que decir al hombre de hoy; de descubrir cuáles son las claves de liberación que contiene el Evangelio para el mundo y la sociedad de nuestros días. Sólo así podemos entender, por ejemplo, la enorme actualidad y vigencia de las palabras del profeta Isaías: “Hoy comienza una nueva era; las lanzas se convierten en podaderas; de las espadas se hacen arados; y los oprimidos son liberados”. Y sólo así, también, podemos entender qué significan para el hombre de hoy las palabras de Jesús “bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de Dios”. Anunciar el mensaje cristiano hoy en clave de Teología de la Liberación, supone, en fin, desenmascarar las estructuras generadoras de injusticia y opresión que impiden que el hombre se transforme, transforme el mundo y construya el Reino de Dios.
Y el punto de arranque de la Teología de la Liberación ha sido la realidad social y económica del continente latinoamericano, ya que la Teología oficial y tradicional, fundamentada en esquemas propios del ámbito cultural del continente europeo, resultaba inservible para analizar, reflexionar y transformar en clave evangélica la realidad de Latinoamérica.
 
Ignacio Sánchez Tapia


[1] evangelion = buena noticia
[2] Onthos = ser
[3] Jesús lo expresa con esta frase: “Quien no muera a sí mismo no heredará el Reino de Dios”. Encontramos esta misma reflexión en todas las demás grandes religiones. El budismo, por ejemplo, la formula diciendo que “mientras no matemos nuestro ego seremos infelices y desgraciados; muerto nuestro ego, cuando nos llegue la muerte ¿quién habrá para morir?”.
[4] “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande en los cielos”. (Mt 5,3-12)

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