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“Estar solo” y “sentirse solo”

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 TAGS:Cuenta el libro del Génesis —que recoge la cosmogonía mitológica del imaginario judío—, que una vez Yahveh creó a Adán, el primer hombre, lo vio triste, incompleto, necesitado de compañía; y dijo Yahveh: “No es bueno que el hombre esté solo”. Y creó, entonces, Yahveh a Eva, la primera mujer, de una de las costillas de Adán, para que fuese su compañera y Adán no estuviera solo.

En la antropología judeocristiana —y, por derivación, también en la musulmana, que es heredera de ambas—, la soledad del hombre, del ser humano, es considerada como algo negativo, como signo de incompletud, como manifestación de imperfección. De ahí que en estas religiones prime siempre lo colectivo, lo comunitario, sobre lo individual, hasta el punto de que en ellas únicamente encuentra el ser humano individual su razón de ser en compañía de otros. De hecho, en estas tres religiones la comunidad de creyentes es el eje fundamental sobre el que se vertebra el fenómeno humano, de manera que el hombre-individuo sólo encuentra sentido desde su pertenencia al “pueblo elegido” (para los judíos), al “pueblo de Dios” (para los cristianos), y a la umma o asamblea universal de fieles (para los musulmanes). Lo individual, por tanto, tiene mala prensa para las religiones del Libro. Y esta concepción dialéctica entre el individuo y la comunidad ha impregnado hasta los tuétanos la conciencia colectiva de los pueblos que han crecido y se han hecho a la sombra de estas tres tradiciones religiosas. Todas las ideologías políticas surgidas en el seno de estas tres tradiciones también reflejan esta primacía de lo comunitario sobre lo individual; porque, de hecho, incluso las ideologías que apuestan por lo individual lo hacen desde la necesidad de aglutinar voluntades individuales para que esa idea individualista acabe por prevalecer imponiéndose sobre las ideologías de lo comunitario. En definitiva, todas las ideologías, desde el liberalismo al comunismo, pasando por el utilitarismo y el socialismo, parten de la necesidad incuestionable de lo comunitario, de lo colectivo.

Existe —es indudable— un miedo antropológico a lo individual. Desde los orígenes el hombre ha considerado la necesidad de agruparse una cuestión de supervivencia. Hay, en la base, una arraigada querencia a pertenecer al grupo, a la familia, a la peña de amigos, al curso al que pertenecimos en la escuela o en la Universidad, a una corriente ideológica determinada, a un equipo de fútbol, a una asociación X… Todo menos estar solo. De hecho, quien está solo es puesto bajo sospecha de insociable, de huraño, de raro.

Huimos —nos han enseñado a huir— de la soledad, del estar solos. Y, finalmente, hemos aprendido a no estar solos, a buscarnos las mil y una maneras de no estar nuca solos. Pero hasta el punto de que ya no sabemos estar solos; nos da miedo estar solos, nos aterra estar sin más compañía que nosotros mismos. Cuando estamos solos, se nos mueve por dentro una inquietud que nos hace buscar de inmediato la compañía de otros; todo menos estar solos. Por eso mismo no podemos relacionarnos sanamente, porque lo hacemos desde una desesperada necesidad del otro. La soledad nos da miedo. Hemos aprendido a tenerle miedo. Porque en nuestras culturas estar solo es síntoma inequívoco ante los demás de que algo no va bien en nosotros. Por eso cuando nos sentimos solos el mundo se nos derrumba y la angustia se abre paso. Sin embargo, creo importante distinguir dos cosas que, si bien pueden parecer iguales, no lo son: “estar solo”, y “sentirse solo”.

Sin embargo, no hay otro modo de estar que “estar solo”. Esta es una verdad que cuanto más nos neguemos a aceptar, más sufrimiento nos generaremos a nosotros y a los demás. Podemos distraernos, entretenernos con mil cosas, buscando permanentemente la compañía de otros; pero lo cierto es que estamos solos. Por eso después de una experiencia intensa nos aborda un profundo sentimiento de tristeza, porque en las experiencias intensas conectamos con la soledad que hay en nosotros, con la soledad que somos. Escuchando una sinfonía, viendo una puesta de sol, leyendo un poema, o después de hacer el amor, muchas veces nos sentimos tristes; porque las experiencias intensas tocan las fibras más profundas y más íntimos de nuestra interioridad, donde habita la esencia de lo que somos, nuestra soledad; y como nos han enseñado —y hemos aprendido— que no debiéramos estar solos, por eso nos ponemos tristes. “Sentirse solo” es, por tanto, consecuencia de rechazar y no querer aceptar el hecho fundamental de que esencialmente estamos solos; “sentirse solo” es la tristeza que se nos viene encima cuando descubrimos que estamos solos, y, sin embargo, creemos que no debiéramos estar solos; “sentirse solo” es, en suma, la consecuencia de rechazar y no aceptar la soledad esencial que somos, y descubrir, a la vez, que necesito de los otros para sentirme bien. Por eso cuando nos sentimos solos se nos viene abajo la autoestima y nos sentimos pobres por dentro, poca cosa, como mendigos.

Pero el hecho cierto es que todos y cada uno de nosotros está solo; aunque estemos rodeados de personas, e incluso de personas muy queridas, estamos esencialmente solos. La soledad no es algo malo. Pero nos han enseñado que la soledad es algo malo, que hay que huir de ella y evitarla a toda costa. “No es bueno que el hombre esté solo”, recordábamos antes que enseñan las tres principales religiones monoteístas. Y de verdad que lo hemos aprendido bien, hasta el punto de que somos incapaces de estar solos, de estar con nosotros mismos, de escuchar el latido de nuestro corazón y el silencio de nuestro espíritu. Porque aprendiendo a no estar solos hemos aprendido a no saber estar con nosotros mismos. La consecuencia de ello es que vivimos desconectados de nosotros mismos, de nuestra esencia, de lo que somos, y vivimos permanentemente distraídos hacia afuera; y la principal y mejor distracción que hemos encontrado para escapar de nosotros mismos son los demás. Pero, por eso mismo, nuestros encuentros, nuestras relaciones, no pueden ser auténticas, porque no nacen como un acercamiento expansivo de quien ha llegado a conocerse a sí mismo desde la soberanía de quien se sabe solo, sino que nacen de la indigencia de quien busca en los otros a quien le distraiga de sí mismo. Por eso no podemos amar.

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Comentarios “Estar solo” y “sentirse solo”

Estoy completamente de acuerdo. He perdido la cuenta de las veces que he oido esas palabras entre susurros atronadores por momentos, es  extremadamente insociable, resulta ser una persona tan rara, sumamente rara , extraña...
Que conste si quieres bajo acta que te robo esa frase: "Las experiencias intensas tocan las fibras más profundas y más íntimas de nuestra interioridad, donde habita la esencia de lo que somos, nuestra soledad"
Seguiré paseando de vez en cuando por este hueco.
Esencia
¡
Esencia Esencia 12/03/2011 a las 16:52
Muy cierto amigo, me gustaron mucho tus palabras!!
Marilyn Marilyn 30/08/2011 a las 16:48

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